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Cartas a Rambo: El cruce del Río Grande en patera

A diferencia de España, los forajidos de los westerns que entraban ilegalmente en México huyendo del Sheriff se pagaban los tequilas con su propio dinero

Querido Rambo: hoy te explicaré cómo mi país se parece a un western de Hollywood en cutre.

De crío, me fascinaban las películas donde los forajidos huían al galope para cruzar el Río Grande (o Río Bravo, según la orilla desde donde lo mires) y perderse en México. Cuando vadeaban esa mágica franja de agua, el Sheriff y sus alguaciles cesaban la persecución y se quedaban mirando. Me chocaba que tipos tan duros fuesen tan tiquismiquis, sobre todo si el protagonista tenía al malote al alcance de la mano, o del lazo, o de una bala del Colt Peacemaker del calibre .45 de toda la vida.

Eso me extrañó siempre, porque ahí nadie controlaba nada, ni había hitos fronterizos ni agentes estadounidenses o mexicanos, ni una triste alambrada o un cartel agujereado, con zopilotes posados viendo la vida pasar. Para mi gusto infantil, poco versado en leyes, esa dejadez institucional permitía perfectamente al Sheriff acribillar a los malos por la espalda mientras cruzaban el río, o vadearlo él mismo con discreción y, tras una rápida incursión internacional, hacerles a los forajidos lo que le nazca, en proporción a sus crímenes, y así quedaría el asunto entre él, los coyotes y el Creador. Pero nada, el bueno de la película era eso, el bueno, y nunca se animaba.

México lindo

Luego estaba la cuestión de México, que para mis ojos infantiles era algo así como Las Vegas, pero en pobre: se suponía que los mangantes, una vez en México, se daban la vida padre con el botín y lo dilapidaban en tequila y mujeres facilonas, porque el país era un desmadre y las autoridades de allí, entre revoluciones, magnicidios y corruptelas, ni se molestaban por la presencia de criminales en su tierra; en eso sí que se parecen los gobernantes actuales de México a los de los westerns.

El Río Grande es el Estrecho de Gibraltar

El mundo occidental, y en particular España, afrontan una situación similar, donde el Río Grande son las aguas territoriales españolas y se cruzan en patera, y también occidente se va convirtiendo en el México desastrado de los westerns de Hollywood. Una vez que un desconocido cruza la frontera mágica de Schengen, el país donde entra ilegalmente se lo queda y entra en un limbo burocrático donde, si ya fue bien asesorado, se le empiezan a regalar cosas.

Además, en España tenemos ong’s subvencionadas certificando con el rigor habitual que los desconocidos son vulnerables y hay que cuidarles con el dinero de todos, y los foráneos también pueden firmar una “declaración responsable” prometiendo muy seriamente que son angelitos que no huyen de la Policía de su país de origen.

Con la última regularización masiva gubernamental, para agravar el descontrol, los extranjeros tampoco necesitan colarse por el Río Grande, porque pueden llegar desde otros países de la UE y comenzar los trámites para regularizar su estancia en una tierra que desconocen y que cada día se aproxima más al abismo de aquel turbulento México decimonónico, empobrecido, violento y cainita.

Por cierto, quienes llegan (de un perfil tan similar que alguien malpensado creería que se les selecciona desde occidente por ingeniería social y para empobrecer la sociedad de acogida) saben que entran en un país decadente en plena disgregación, con una sociedad quebrada y enfrentada, y que los progresistas aplauden su llegada para que sustituyan en el censo a quienes no votan izquierda. Spoiler: los aplaudidores ignoran que los recién llegados tienen sus propios planes, como remplazarles también a ellos.

Los aplaudidores ignoran que los recién llegados tienen sus propios planes

Ahí radican las tres diferencias con los westerns de mi infancia, querido Rambo: que los forajidos que cruzaban Río Grande no encontraban en la otra orilla a mexicanos animándoles a entrar en su país ofreciéndoles regalos, que los bandoleros se pagaban las juergas con su propio dinero (e incluso se molestaban en aprender y chapurrear español) y que huían de una partida formada por agentes de la ley y ciudadanos preocupados por proteger su sociedad.

También me maravillaban esas heterogéneas partidas de voluntarios que formaban los sheriffs en la ciudad donde robaron el banco los malos. Aún me parecen geniales los rápidos juramentos como alguaciles provisionaleslevante la mano derecha, señor«) del tendero, del herrero, de un pistolero de oscuro pasado en busca de redención y de un borracho que estaba en el salón jugando al póker, cada uno con sus pintas arquetípicas, pero con una estrella metálica recién prendida del pecho que les confería cierta dignidad. Y todos armados hasta los dientes, dispuestos a jugarse el pellejo contra asesinos, y concienciados de su deber ciudadano de salvaguardar de criminales su tierra, el Salvaje Oeste, para borrar el adjetivo de “Salvaje” y que quede sólo “Oeste”.

¿Podremos nosotros proteger nuestra propia sociedad?

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