La joven estrella del FC Barcelona acumula gestos de enfado y polémicas que cuestionan su personalidad pese a su enorme calidad sobre el césped
El FC Barcelona se impuso por 1-2 al Atlético de Madrid en el Metropolitano en un duelo clave de LaLiga EA Sports 2025-2026 que permitió a los culés mantener una ventaja de siete puntos sobre el Real Madrid. Sin embargo, la victoria quedó empañada por la actitud de Lamine Yamal.
El extremo, que no marcó y no participó en el gol de Lewandowski, abandonó el campo visiblemente molesto, sin celebrar el tanto decisivo y desairando incluso al técnico Hansi Flick.
Este no es un incidente aislado. Yamal ya había mostrado malestar al ser sustituido en partidos anteriores, como contra el Rayo Vallecano (victoria 1-0) o el Levante (3-0), donde se le escuchó quejarse con frases como “Siempre igual, siempre a mí”.
Flick ha minimizado estos episodios, argumentando que son fruto de las emociones y la ambición del jugador, pero la acumulación de gestos genera cada vez más dudas sobre su gestión emocional.
«Le ha llegado la fama muy pronto»
El periodista Manolo Lama, de la Cadena COPE, fue especialmente crítico: “A este chaval le ha llegado la fama muy pronto. Debe ser muy jodido saber llevarla”. Lama recordó que no es la primera vez que Yamal muestra “gestos feos” y subrayó que, aunque nadie debe insultarle, tampoco se puede justificar que no celebre un gol importante del equipo. “Le ha llegado la fama muy pronto”, insistió el comunicador.
A sus 18 años, Yamal es sin duda uno de los mayores talentos del fútbol mundial. Su velocidad, regate y desborde lo convierten en un jugador desequilibrante. Pero precisamente esa irrupción meteórica —desde su debut precoz hasta convertirse en referente del Barcelona y de la selección española— parece estar pasando factura. Ya en octubre, durante el clásico, generó polémica al afirmar que el Madrid “roba y se queja”, una declaración que irritó al vestuario blanco.
Falta de madurez emocional
El éxito temprano tiene un precio. Muchos jóvenes promesas han visto cómo la presión mediática, las redes sociales y las expectativas desmedidas distorsionan su carácter. Yamal, con un talento que recuerda a las grandes estrellas, corre el riesgo de que su imagen se vea perjudicada por una madurez emocional que aún no acompaña a su pie izquierdo. Flick confía en él y lo defiende, pero el fútbol exige algo más que calidad técnica: también humildad, compañerismo y control de las emociones.
La afición culé disfruta de sus regates imposibles, pero empieza a pedirle que crezca también fuera del campo. Porque un genio del balón que no sabe celebrar los triunfos colectivos o gestiona mal las sustituciones termina dejando una huella menos positiva de la que su talento merece. Lamine tiene todo para ser leyenda; solo falta que la fama no le gane la partida.












