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Las incógnitas del 11-M que la versión oficial exige olvidar: la bolsa bomba de Vallecas

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Tras el desguace de los vagones del 11-M al día siguiente de la masacre, la bolsa de Vallecas sirvió para rastrear a los condenados por los atentados

La instrucción de los atentados del 11-M, las detenciones y los posteriores juicios se basaron en una bolsa deportiva con una bomba que apareció de improviso en una comisaría de Vallecas, alrededor de 18 horas después de los atentados.

El periodista Luis del Pino fue el principal investigador de las incógnitas que rodean a esa bolsa, que nadie vio en los vagones y que se aclaró cómo llegó a la comisaría o quién la depositó. La bolsa con la bomba tampoco figuró en ningún documento de la comisaría hasta 24 horas después de los atentados.

Lo que no cuestiona la versión oficial es que la bolsa, que se desactivó en Parque Azorín en la madrugada del 12 de marzo, provenía del tren atacado en la estación de El Pozo. Unos vagones siniestrados, como el resto de convoyes cuyo desguace se ordenó al día siguiente de los atentados.

Escenario del crimen desguazado y una mochila que apareció de la nada

Los convoyes achatarrados en cuestión de horas eran el escenario de un crimen, pero así se imposibilitaban posteriores peritajes; como comparativa, vagones implicados en accidentes se almacenaron y preservaron durante años para los citados fines.

La bolsa contenía explosivos, medio kilo de clavos como metralla y un móvil para activar el detonador. Los testimonios del juicio son contradictorios, pero se desprende que el móvil nunca habría podido iniciar la explosión al estar apagado y desconectados los cables que le unían al detonador -o deficientemente aislados, según otras versiones-.

También planteaba dudas sobre la eficacia de la bomba pues, en caso de haberse conectado correctamente, ese modelo de móvil probablemente era incapaz de generar suficiente corriente como para iniciar la explosión.

Respecto a los clavos que contenía la bolsa como metralla, Luis del Pino publicó en 2008 una entrevista a la doctora Carmen Baladía, directora del Anatómico Forense en 2004 y coordinadora de las autopsias de las víctimas.

La doctora confirmó, tanto al periodista y años después en sede judicial que ninguna víctima tenía metralla: una evidencia que cuestionaba la supuesta relación entre la mochila de Vallecas y las de los trenes.

Sólo tres condenados en prisión

Todo el proceso giró desde el principio alrededor de las pistas que ofrecía la mochila de Vallecas. El dispositivo y las tarjetas llevaron a la detención de los magrebíes encausados, si bien Luis del Pino destacó que el único rastro de ADN de la bolsa era de un europeo.

La sentencia judicial no determinó ni quiénes planearon la masacre ni quiénes dieron la orden de perpetrar los atentados; sólo se estableció que seguían la estrategia de la Yihad. Veinte años después, sólo tres condenados siguen presos y más de la mitad cumplieron condena y fueron expulsados de España.

Desde entonces, cualquiera que cuestionó la verdad oficial fue criminalizado por políticos de izquierdas y su prensa concertada con una saña que sólo volvió a verse, décadas después, contra quienes dudaban de las medidas político-sanitarias que usó el Gobierno de Sánchez en la más mortífera gestión de una pandemia en el mundo desarrollado.

Ambas crisis nacionales, una causada por el terrorismo y otra por la pandemia, sirvieron de catalizador para que un gobierno socialista recrudeciese su trabajo de zapa del sistema de derechos y libertades del régimen constitucional.

También tienen el nexo común ambas crisis los términos despectivos usados para criminalizar al discrepante de la versión oficial: ‘conspiranoico’ o ‘creador de bulos’.

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