Nos prometieron que el futuro de la alimentación pasaba por comer grillos y gusanos. Nos dijeron que la ganadería tradicional era insostenible y que la proteína de insecto salvaría el planeta. La Unión Europea y los fondos de inversión regaron con cientos de millones de euros a empresas que prometían liderar esta revolución. Pero la realidad, testaruda como siempre, ha dictado sentencia. Ynsect, la joya de la corona francesa y la mayor granja de insectos del mundo, se ha declarado en quiebra. Un colapso financiero estrepitoso que deja en el aire más de 400 millones de euros (algunas fuentes hablan de hasta 600 millones) de inversión y pone en tela de juicio todo el relato de la «alimentación del futuro».
La compañía, con sede en Amiens, había construido una megafábrica vertical futurista destinada a criar escarabajos de la harina (Tenebrio molitor) para convertirlos en pienso para mascotas, peces y, eventualmente, humanos. Tenía el respaldo de grandes bancos, del Estado francés y hasta el beneplácito de Hollywood (Robert Downey Jr. era uno de sus inversores). ¿Qué ha salido mal? Básicamente, todo.
Cuando la ideología choca con el mercado
El caso de Ynsect es el paradigma de lo que ocurre cuando se intenta forzar un cambio de modelo productivo a golpe de talonario público y subvenciones, sin que exista una demanda real detrás. Los costes de producción de la proteína de insecto resultaron ser astronómicos, mucho más caros que la soja o la harina de pescado a la que pretendían sustituir. La tecnología para escalar la cría de bichos a nivel industrial presentó desafíos técnicos insalvables que dispararon el gasto energético. Y lo más importante: el mercado no respondió.
Ni los consumidores europeos quieren comer barritas de grillo, ni los ganaderos pueden permitirse pagar un pienso premium que no mejora sustancialmente el rendimiento de sus animales. La quiebra de Ynsect es un aviso a navegantes para toda la industria de la «proteína alternativa». Mientras Bruselas sigue legislando contra el campo tradicional y aprobando normativas asfixiantes como la nueva PAC, proyectos faraónicos desconectados de la realidad se hunden por su propio peso.
¿El fin de la burbuja de los bichos?
La caída de este gigante francés no significa que la investigación en insectos vaya a desaparecer, pero sí pincha la burbuja especulativa que se había creado a su alrededor. Se acabó el dinero fácil para PowerPoints bonitos sobre sostenibilidad que no tienen un plan de negocio viable. Ahora tocará volver a lo básico: eficiencia, rentabilidad y, sobre todo, escuchar al consumidor en lugar de intentar reeducarlo a la fuerza.
De momento, los grillos se quedan en la granja y los inversores se lamen las heridas. Quizás el futuro de la alimentación no pasaba por eliminar los filetes, sino por cuidar a quien los produce de verdad: nuestros ganaderos y agricultores.












