La fiesta del gasto de Pedro Sánchez empieza a pasar una factura insoportable para el bolsillo de todos los españoles. Mientras el Gobierno se dedica a repartir prebendas para contentar a sus socios de ERC y Junts, el coste de la deuda pública se ha disparado hasta alcanzar niveles que no se veían desde que el líder socialista aterrizó en La Moncloa. Los datos del Tesoro Público son inapelables: el tipo medio de interés de la deuda del Estado ha superado la barrera del 2,3% en diciembre de 2025, un máximo histórico bajo el mandato del actual Ejecutivo.
Este incremento del coste no es una casualidad ni un factor externo inevitable. Es la consecuencia directa de una política económica basada en el endeudamiento masivo para comprar voluntades políticas y sostener un sistema de pensiones que parchean a base de créditos mientras aumenta la pobreza en España de forma alarmante. Sánchez ha pasado de pagar un 1,642% en 2021 a este 2,3% actual, lo que supone miles de millones de euros adicionales que salen directamente de los impuestos de los ciudadanos para ir a parar a los bancos y fondos de inversión internacionales.
El chantaje catalán y las pensiones en el aire
El trasfondo de esta escalada es especialmente sangrante. El Gobierno ha admitido, por la vía de los hechos, que necesita este flujo constante de dinero para financiar el nuevo modelo de financiación singular para Cataluña, o lo que es lo mismo, el concierto económico camuflado que dejará tiritando las arcas del Estado. Mientras comunidades leales a la Constitución ven cómo se les cierran los grifos, Sánchez abre la mano para que el independentismo siga con su hoja de ruta, todo ello a costa de hipotecar a las generaciones futuras.
A esto se suma la alarmante situación de la Seguridad Social. El Ejecutivo está utilizando la deuda para cubrir el agujero de las pensiones, una práctica que pone en serio riesgo la sostenibilidad del sistema a largo plazo. Según publicaba recientemente OKDIARIO, el endeudamiento del Estado ya ha superado la mareante cifra de los 1,7 billones de euros. Se trata de un volumen de deuda que, con los tipos de interés al alza, se convierte en una losa que lastra cualquier posibilidad de crecimiento real.
Una gestión económica marcada por el despilfarro
Desde que el tándem Sánchez-Montero tomó las riendas, la deuda no ha hecho más que crecer. En 2019, el tipo medio estaba en el 2,2%, bajando ligeramente durante la pandemia gracias a las políticas del Banco Central Europeo. Sin embargo, en cuanto el paraguas de Fráncfort ha empezado a cerrarse, la cruda realidad del sanchismo ha quedado al desnudo. España emite deuda cada vez más cara para pagar los intereses de la deuda anterior, en un círculo vicioso que recuerda a los peores años de la crisis de 2012.
Resulta irónico que, mientras el Gobierno presume de datos macroeconómicos, la realidad de las subastas del Tesoro muestre una desconfianza creciente o, al menos, una exigencia de rentabilidad mucho mayor por parte de los mercados. La deuda pública ya no es gratis, y cada décima de subida supone recortar en servicios básicos o, más probablemente, una nueva subida de impuestos oculta bajo el nombre de «solidaridad».
El futuro hipotecado por la ambición de un hombre
El problema no es solo el cuánto, sino el para qué. Si este endeudamiento se destinara a grandes infraestructuras productivas o a una reforma integral de la industria que evitara cierres traumáticos como los de Sabic en Cartagena, la situación sería distinta. Pero el dinero se va en asesores, en traducciones innecesarias y en mantener un ecosistema de favores que solo beneficia a los que permiten a Sánchez dormir una noche más en el palacio presidencial.
La responsabilidad fiscal brilla por su ausencia en un Ministerio de Hacienda que parece más preocupado por cómo exprimir al pequeño empresario que por cuadrar unas cuentas que hacen aguas. Con 1,7 billones de euros de deuda, cada español nace ya debiendo varios miles de euros, una mochila que Sánchez ha decidido llenar hasta los topes sin que parezca importarle el mañana.
En conclusión, el coste de la deuda es el termómetro real de la gestión de un Gobierno que vive al día, robando el futuro a los jóvenes para pagar su presente político. Mientras el tipo de interés supere el 2,3%, el margen de maniobra de España se estrechará hasta que, inevitablemente, el mercado o Bruselas nos obliguen a un ajuste que Sánchez no tendrá la valentía de ejecutar.












