Saltar el contenido

El autoboicot de Marruecos daña su imagen para la Copa África tras el colapso y las tretas de una final caótica

Lo que estaba diseñado para ser la gran fiesta de coronación de Marruecos como potencia organizadora mundial se ha transformado en una pesadilla de relaciones públicas. La final de la Copa África, que debía servir como el escaparate perfecto para demostrar la capacidad del país norteafricano de cara al Mundial 2030 que coorganizará con España y Portugal, terminó en un espectáculo bochornoso de caos, violencia y acusaciones de corrupción arbitral. Marruecos, tras invertir una cifra astronómica de más de 1.860 millones de euros en estadios e infraestructuras de vanguardia, ha visto cómo su imagen internacional quedaba seriamente dañada por un «autoboicot» fruto de la mala gestión y las tretas antideportivas.

El partido contra Senegal, lejos de ser una celebración del fútbol africano, se convirtió en una batalla campal. La tensión estalló definitivamente en el minuto 97, cuando el árbitro congoleño Jean-Jacques Ndala Ngambo señaló un polémico penalti a favor de Marruecos tras haber anulado previamente un gol legítimo a Senegal. Esta doble vara de medir desató la furia de los «Leones de Teranga», cuyo seleccionador llegó a ordenar a sus jugadores abandonar el campo en señal de protesta. Las imágenes que siguieron dieron la vuelta al mundo: peleas entre jugadores, enfrentamientos entre los cuerpos técnicos y una grada convertida en zona de guerra.

Violencia, sillazos y un arbitraje bajo sospecha

El caos se apoderó del estadio de una manera que pocas veces se ha visto en una final continental. Aficionados, personal de seguridad, voluntarios e incluso periodistas se vieron envueltos en trifulcas donde sillas y taburetes volaron como proyectiles. La intervención de Sadio Mané, estrella senegalesa, fue decisiva para evitar que el partido se suspendiera definitivamente y su equipo fuera sancionado, logrando que sus compañeros regresaran al césped tras casi media hora de interrupción. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. La credibilidad del evento había saltado por los aires.

Más allá de la violencia física, lo que realmente preocupa a los organismos internacionales es la sombra de la corrupción y el favoristimo. Durante todo el torneo, las quejas sobre arbitrajes que beneficiaban sistemáticamente al anfitrión fueron una constante. El cambio repentino de árbitros antes de los cuartos de final contra Camerún, sin notificar a la federación rival, o las protestas formales de Argelia y Tanzania, dibujan un patrón inquietante. Estas prácticas recuerdan a tensiones geopolíticas regionales, similares a las que a veces vemos en noticias de sucesos donde un magrebí revienta un camión en Palma, reflejando cómo la inestabilidad o las acciones individuales pueden tener repercusiones mediáticas y sociales amplias.

Uno de los episodios más vergonzosos y reveladores de la falta de «fair play» fue el comportamiento de los recogepelotas marroquíes. Instruidos aparentemente para sabotear al rival, intentaron robar la toalla del portero senegalés Mendy para impedir que se secara los guantes, llegando incluso a producirse agresiones físicas para proteger el objeto. Estas «tretas» de patio de colegio, indignas de una final internacional, han puesto en evidencia una cultura de ganar a cualquier precio que choca frontalmente con los valores que la FIFA exige para un Mundial.

Dudas razonables sobre la sede del Mundial 2030

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, intentó salvar los muebles con declaraciones diplomáticas, condenando las «escenas inaceptables» de Senegal y elogiando la organización marroquí. Sin embargo, su silencio sobre las polémicas arbitrales y los incidentes provocados por el personal local fue ensordecedor. La presencia de Fouzi Lekjaa, presidente de la federación marroquí, en puestos clave de la FIFA y la CAF, alimenta las sospechas de un conflicto de intereses que podría contaminar la organización del Mundial 2030.

Marruecos aspira a albergar la final de la Copa del Mundo en el futuro Gran Estadio Hassan II de Casablanca. Pero los sucesos de esta Copa África plantean una pregunta inquietante: ¿Puede garantizar Marruecos la neutralidad y la seguridad necesarias para el mayor evento deportivo del planeta? Si en un torneo continental el anfitrión no ha dudado en utilizar todas las artimañas posibles para favorecer a su selección, ¿qué garantías tienen las potencias mundiales de que se respetarán las reglas del juego en 2030?

El «autoboicot» marroquí ha sido un golpe de realidad. Las infraestructuras brillantes y los estadios modernos no sirven de nada si la organización del evento carece de integridad y seguridad. Lo que debía ser la carta de presentación de un Marruecos moderno y preparado se ha convertido en un aviso para navegantes: el camino hacia 2030 está lleno de baches y la confianza internacional, una vez rota, es muy difícil de reconstruir. España y Portugal observan ahora a su socio con una mezcla de preocupación y cautela, conscientes de que su reputación también está en juego en esta alianza tripartita.

Deja tu respuesta