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Sánchez ataca a Trump y agita el fantasma del despotismo transatlántico para tapar el caos de su gestión en España

En un nuevo intento por desviar la atención de los graves problemas que asuelan el territorio nacional, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha vuelto a enfundarse el traje de líder internacional para arremeter contra el expresidente estadounidense Donald Trump. Durante su última intervención pública, Sánchez no ha dudado en utilizar términos grandilocuentes como «despotismo transatlántico» para definir el auge de los movimientos conservadores fuera de nuestras fronteras, mientras en casa, la realidad de su mandato se desmorona entre huelgas, accidentes ferroviarios y una crispación social alimentada desde la propia Moncloa.

El líder socialista, que parece sentirse más cómodo opinando sobre la política de Washington que resolviendo las carencias de las infraestructuras españolas, ha calificado a Santiago Abascal, líder de VOX, como un «lacayo» del trumpismo. Con este discurso agresivo, Sánchez busca polarizar a la sociedad española, proyectando la imagen de una España que es la «semilla de una nueva Europa» progresista, una construcción retórica que choca frontalmente con la precariedad que denuncian cada día autónomos, agricultores y trabajadores de los servicios públicos esenciales.

La desconexión de Pedro Sánchez: de Washington a la crisis de Renfe

Es paradójico que un presidente que advierte contra el «despotismo» sea el mismo que gobierna a golpe de decreto-ley y desprecia el control parlamentario cuando los resultados no le favorecen. Mientras Sánchez lanza advertencias apocalípticas sobre lo que ocurre al otro lado del charco, la red de transportes en España vive uno de sus momentos más críticos. La tragedia de Adamuz, con sus 45 víctimas recientes, es el recordatorio más sangriento de que la gestión del Ministerio de Transportes ha sido abandonada en favor de la propaganda ideológica.

El contraste es flagrante: por un lado, un Sánchez que reivindica a su ministro más polémico, Óscar Puente, y por otro, una España que sufre el colapso de sus servicios ferroviarios. El presidente prefiere hablar de la soberanía de la Unión Europea y de los supuestos riesgos de la derecha internacional antes que dar explicaciones sobre por qué los ciudadanos tienen miedo de subirse a un tren de Renfe. Esta táctica de distracción masiva es una marca registrada del sanchismo, que siempre busca un enemigo externo para evitar rendir cuentas por sus fracasos internos.

Desde la oposición, se señala que España no puede permitirse un presidente que actúe como comentarista geopolítico mientras los problemas domésticos se acumulan sin solución. La mención de Sánchez a Abascal como «lacayo» no es más que una proyección de su propia necesidad de validación por parte de los foros internacionales de la izquierda radical. Ya hemos visto en otras ocasiones cómo solo VOX y otros sectores minoritarios han mantenido una postura firme contra las políticas de un Ejecutivo que parece vivir en una realidad paralela.

El relato de la «semilla de una nueva Europa» frente a la España real

Vender a España como el faro progresista de una nueva Europa es un ejercicio de marketing político que solo convence a los ya convencidos. La realidad económica y social del país muestra a una nación asfixiada por la presión fiscal y una deuda pública que hipoteca a las futuras generaciones. El «despotismo» al que alude Sánchez suele ser la etiqueta que aplica a cualquiera que defienda la soberanía nacional frente a la agenda globalista que él abandera con entusiasmo. Sus ataques a Trump son, en última instancia, ataques a cualquier modelo que cuestione las directrices de La Moncloa y de los burócratas de Bruselas.

Mientras el presidente mira a Washington con una mezcla de envidia por el protagonismo mediático y temor por el cambio de ciclo político, los españoles tienen que lidiar con una cesta de la compra disparada y una inseguridad ciudadana que ya no se puede ocultar tras «informes» oficiales. Es el mismo Gobierno que se indigna por el muro de Trump pero es incapaz de gestionar con dignidad la llegada masiva de inmigración irregular a nuestras costas, como vimos en el reciente conflicto en Ibiza con la llegada de pateras desde Argelia.

La estrategia es clara: si hablas de Trump, no hablas de los trenes; si hablas de Abascal, no hablas de la inflación; si hablas de «despotismo transatlántico», no tienes que explicar por qué 45 personas perdieron la vida en Córdoba debido a una nefasta gestión de las infraestructuras. Los españoles merecen un gobierno que se ocupe de lo que ocurre en sus pueblos y ciudades, no uno que pase el tiempo analizando las elecciones norteamericanas para ver cómo puede seguir aferrado al poder mediante el miedo y la división.

En definitiva, los ataques de Pedro Sánchez a las figuras conservadoras internacionales son el último refugio de quien ya no tiene respuestas que dar a su propio pueblo. La mención a la «semilla de una nueva Europa» suena hueca cuando esa semilla se planta sobre el barro de una gestión ineficiente y una falta total de empatía con los problemas reales de la gente de a pie. Basta de excusas internacionales y basta de mirar hacia fuera cuando es aquí, en España, donde la situación es ya insostenible.

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