Carlos Alcaraz no es solo talento, físico y mentalidad ganadora. También es datos. Por eso, cuando saltó a la pista del Open de Australia sin su habitual pulsera Whoop bajo la muñequera, muchos se preguntaron qué estaba pasando. No era una cuestión estética ni un capricho: el torneo había prohibido uno de los dispositivos más utilizados por los atletas de élite del planeta. Y no solo afectaba al murciano.
También Jannik Sinner y Aryna Sabalenka se vieron obligados a competir “a ciegas” en el primer Grand Slam del año, una decisión que ha encendido un debate incómodo en el tenis moderno: ¿puede el deporte de máximo nivel permitirse competir sin datos en pleno 2026?
Qué es exactamente Whoop y por qué genera tanta dependencia
Whoop no es un reloj al uso. No da la hora, no vibra con notificaciones y no tiene pantalla. Y precisamente ahí está su poder. Este wearable, creado específicamente para deportistas de alto rendimiento, está diseñado para recopilar información biométrica las 24 horas del día sin distracciones.

La pulsera monitoriza parámetros clave como la frecuencia cardíaca, la variabilidad cardíaca, la temperatura corporal, la calidad del sueño, la carga de entrenamiento, la recuperación muscular o el nivel de estrés fisiológico. Todo se analiza y se traduce en recomendaciones concretas para entrenar mejor, descansar más y evitar lesiones.
No es casualidad que figuras como Cristiano Ronaldo, Mathieu van der Poel, Rory McIlroy o estrellas de la NFL confíen en este dispositivo como una extensión más de su cuerpo.
En el tenis, Whoop se ha convertido en una herramienta silenciosa pero clave para planificar cargas de trabajo, adaptar sesiones y optimizar la recuperación entre partidos. Para jugadores que encadenan encuentros a cinco sets bajo calor extremo, la información no es un lujo: es prevención.

Por qué el Open de Australia ha dicho no
Aquí está el punto más polémico. Tanto la ATP como la WTA permiten el uso de wearables homologados en competición. De hecho, la ATP los aprobó oficialmente en 2024 como parte de su apuesta por la innovación y la prevención de lesiones.
Sin embargo, los Grand Slams tienen reglamentos propios. Y el Open de Australia mantiene una norma clara: ningún dispositivo electrónico durante el partido, aunque no tenga pantalla ni posibilidad de comunicación externa.
La organización teme que estos sensores puedan usarse para recibir información en tiempo real desde el banquillo o el equipo técnico, algo que alteraría la igualdad competitiva. Una sospecha que desde Whoop consideran infundada.
El enfado de la marca y un mensaje que se ha hecho viral
Will Ahmed, fundador y CEO de Whoop, no se mordió la lengua. Calificó la decisión de “ridícula” y lanzó una frase que se ha viralizado en redes: “Los datos no son esteroides”.
Desde la compañía insisten en que el dispositivo no ofrece ninguna ventaja táctica durante el partido, sino información fisiológica que protege la salud del deportista. En otras palabras: no ayuda a ganar puntos, pero sí a evitar romperse.
El propio Carlos Alcaraz, fiel a su estilo, restó dramatismo al asunto. Reconoció que le ayuda a cuidar el descanso y las cargas de entrenamiento, pero aceptó la norma sin polémica: se quita la pulsera y a jugar.
El debate de fondo: tenis del pasado o deporte del futuro
La polémica va más allá de una pulsera. Lo que está sobre la mesa es un choque entre tradición y ciencia. El tenis es uno de los deportes más conservadores en cuanto a reglamento, pero también uno de los más exigentes físicamente.
Mientras otros deportes integran tecnología para proteger al atleta, el tenis sigue dudando. Y la pregunta es inevitable: ¿tiene sentido prohibir herramientas que pueden prevenir colapsos físicos, golpes de calor o lesiones graves?
No es casualidad que Tennis Australia ya haya abierto la puerta a revisar la norma en futuras ediciones. La presión mediática, el respaldo de los jugadores y la evidencia científica juegan a favor de Whoop.
Un gadget prohibido que sale reforzado
Paradójicamente, la decisión del Open de Australia ha sido el mejor anuncio posible para Whoop. Millones de espectadores han oído hablar por primera vez de un dispositivo que hasta ahora era casi exclusivo del deporte de élite.
La pulsera que no se ve, que no molesta y que no presume ha pasado a ser protagonista involuntaria del torneo. Y en un mundo donde los datos mandan, todo apunta a que esta prohibición tiene fecha de caducidad.
Porque el tenis podrá jugarse sin pantallas, pero cada vez resulta más difícil competir sin información.












