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Masacre yihadista en Nigeria donde el Estado Islámico usó drones para atacar soldados y civiles

La violencia yihadista vuelve a sacudir con brutalidad el noreste de Nigeria. Al menos 25 personas han muerto, entre ellas soldados, milicianos aliados del Ejército y civiles, en un ataque perpetrado por el grupo terrorista Estado Islámico de la Provincia de África Occidental contra una base militar en el estado de Borno.

El ataque, ejecutado con drones armados, confirma un salto cualitativo en la capacidad operativa de los grupos yihadistas de la región y deja al descubierto la extrema fragilidad de la seguridad en una de las zonas más castigadas del país.

Ocho soldados asesinados y una base tomada durante horas

El asalto tuvo lugar de madrugada en la zona de Sabon Gari. Según fuentes castrenses, los terroristas lograron romper parcialmente la línea defensiva de la base tras lanzar numerosos drones explosivos, causando la muerte de ocho soldados nigerianos y dos miembros de la Fuerza de Tarea Conjunta Civil (CJTF), una milicia local que apoya al Ejército.

Más de diez militares resultaron heridos y varios equipos pesados fueron destruidos, entre ellos una excavadora utilizada en trabajos de infraestructura. Aunque el Ejército asegura haber recuperado el control tras la llegada de refuerzos, el balance humano y material es devastador.

Un coronel nigeriano, bajo anonimato, reconoció que el ataque fue especialmente complejo por el uso masivo de drones, una táctica cada vez más habitual entre los grupos afiliados al Estado Islámico en África.

Quince albañiles civiles, víctimas invisibles del terror

La tragedia no se limitó al ámbito militar. Quince albañiles civiles que trabajaban en la construcción de un puente en la zona fueron asesinados cuando regresaban a sus casas tras la jornada laboral.

El líder local de la CJTF, Mohammed Goni, confirmó que los trabajadores fueron atacados fuera de la base militar, subrayando el carácter indiscriminado del atentado. “Es muy lamentable”, afirmó, destacando que las víctimas no tenían ninguna vinculación con el conflicto armado.

Este tipo de ataques contra civiles refuerza el clima de terror en comunidades que ya viven bajo amenaza constante y dificulta cualquier intento de reconstrucción o desarrollo en la región.

El Ejército admite bajas pero evita dar cifras oficiales

Un portavoz del Ejército nigeriano, el teniente coronel Sani Uba, confirmó el ataque con drones, aunque evitó concretar el número total de fallecidos. En un comunicado, aseguró que las tropas “repelieron valientemente el asalto” y restablecieron el control total de la base.

Sin embargo, reconoció que “algunos valientes soldados y miembros de la CJTF pagaron con su vida la defensa de la posición”, además de daños significativos en vehículos y maquinaria.

El ataque se produce apenas días después de otro asalto yihadista en la localidad de Damask, también en Borno, donde murieron al menos siete soldados, lo que evidencia una escalada sostenida de la violencia.

Borno, epicentro de una guerra que dura más de 15 años

El noreste de Nigeria lleva más de una década sumido en el terror. Desde 2009, la región sufre los ataques del grupo Boko Haram, cuya violencia se intensificó a partir de 2016 con la aparición de su escisión, el ISWAP.

Ambos grupos buscan imponer un Estado islámico radical en un país profundamente dividido, con un norte mayoritariamente musulmán y un sur de mayoría cristiana. El conflicto ha dejado decenas de miles de muertos, millones de desplazados y una crisis humanitaria crónica.

El uso de drones armados por parte de los yihadistas marca un punto de inflexión preocupante. No solo demuestra acceso a tecnología más sofisticada, sino también una adaptación constante frente a las estrategias militares del Estado.

Nigeria, atrapada entre el terrorismo y la inestabilidad

Pese a los esfuerzos del Ejército y el apoyo internacional, Nigeria sigue sin lograr una victoria decisiva contra el yihadismo. Cada ataque, como el de Sabon Gari, refuerza la sensación de que la guerra está lejos de terminar.

Mientras tanto, civiles, trabajadores y comunidades enteras siguen pagando el precio más alto en un conflicto que ya se ha normalizado en la agenda internacional, pero que sobre el terreno sigue dejando muerte, miedo y destrucción.

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