El campo español vuelve a la calle. Y no es una protesta más. Es un grito directo contra lo que muchos agricultores y ganaderos consideran una amenaza real para su supervivencia: el acuerdo con Mercosur, los recortes de la PAC y lo que califican como competencia desleal sin controles.
En Sevilla y Madrid, cientos de tractores han colapsado el centro de ambas ciudades. Pero detrás del ruido de los motores hay algo más profundo: miedo, hartazgo y una sensación de abandono institucional.
Sevilla se llena de tractores contra el acuerdo con Mercosur
Miles de agricultores estallan contra Mercosur mientras denuncian más de mil alertas sanitarias por productos de Marruecos
El campo español vuelve a la calle. Y no es una protesta más. Es un grito directo contra lo que muchos agricultores y ganaderos consideran una amenaza real para su supervivencia: el acuerdo con Mercosur, los recortes de la PAC y lo que califican como competencia desleal sin controles.
En Sevilla y Madrid, cientos de tractores han colapsado el centro de ambas ciudades. Pero detrás del ruido de los motores hay algo más profundo: miedo, hartazgo y una sensación de abandono institucional.
Sevilla se llena de tractores contra el acuerdo con Mercosur

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La imagen era contundente. Centenares de tractores rodeando la Plaza de España de Sevilla. Agricultores llegados de distintos puntos de Andalucía para protestar contra el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el bloque de Mercosur.
La movilización, convocada por Unión de Uniones y Unaspi, no solo señala al pacto con Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay. También pone el foco en:
- La nueva Política Agraria Común
- El aumento de costes de producción
- La burocracia creciente
- Los controles sanitarios que, aseguran, no se aplican igual a productos importados
En palabras de Antonio, ganadero malagueño presente en la protesta, “es una falta de respeto al sector primario”.
Más de 1.000 alertas sanitarias con solo un 0,01 por ciento de controles
El dato que más indignación ha generado es el que se repite en las concentraciones: según denuncian los agricultores, con apenas un 0,01 por ciento de controles sobre productos que entran desde Marruecos, se han registrado más de 1.000 alertas sanitarias en el último año en España.
El mensaje que trasladan es claro: mientras a los productores españoles se les exige cumplir estrictas normativas medioambientales y sanitarias, los productos importados no tendrían el mismo nivel de fiscalización.
Esa asimetría es, para ellos, el núcleo del problema.
No piden ayudas extraordinarias. Piden igualdad de condiciones.
El temor al impacto de Brasil en el mercado europeo
Uno de los argumentos más repetidos durante las protestas es el peso del gigante brasileño.
Brasil cuenta con más ganado de carne que toda Europa junta. Eso significa una capacidad de producción masiva y costes muy inferiores a los europeos.
El temor del sector es doble:
- Que la carne procedente de Mercosur inunde el mercado europeo.
- Que el consumidor termine pagando carne importada como si fuera nacional, sin distinguir origen ni condiciones de producción.
Aquí entra otro debate clave: el etiquetado y la transparencia. ¿Sabe realmente el consumidor lo que está comprando?
Madrid también colapsada por los tractores
En Madrid, la escena fue similar. Tractores avanzando desde la Plaza de Colón hasta el Ministerio de Agricultura. El tráfico paralizado y un mensaje común: el campo no puede competir si las reglas no son iguales para todos.
Muchos agricultores insisten en que la PAC nació para garantizar la soberanía alimentaria europea. Ahora, dicen, se sienten desprotegidos.
El paralelismo que más se repite es el de las mascarillas durante la pandemia: depender del exterior para algo esencial puede convertirse en un problema estratégico.
Y aquí no hablamos de material sanitario. Hablamos de comida.
No es solo economía es supervivencia
El discurso que se escucha en las calles va más allá de cifras y aranceles. Hay un componente emocional potente.
Antonio lo resume en una frase: no es solo una cuestión de dinero, es una cuestión cultural y generacional. Lo que heredaron de sus padres y lo que quieren dejar a sus hijos.
El campo no protesta por capricho. Protesta porque siente que el modelo actual lo empuja a desaparecer.
Y eso abre preguntas incómodas:
- ¿Puede Europa mantener estándares altos si compite con países con normativas más laxas?
- ¿Está el consumidor dispuesto a pagar más por producto nacional?
- ¿Qué pasa si el sector primario se reduce drásticamente?
El consumidor también está en el centro del debate
Muchos agricultores hacen un llamamiento directo a la sociedad. Insisten en que esto no es una lucha sectorial, sino una batalla por la alimentación futura.
Si desaparecen explotaciones locales, la dependencia exterior crecerá.
Si los precios se hunden por competencia masiva, pequeñas explotaciones cerrarán.
Y si el mercado se concentra en grandes importadores, el poder de decisión del consumidor podría reducirse.
El conflicto del campo no es nuevo, pero esta vez se produce en un contexto especialmente sensible: inflación alimentaria, tensión geopolítica y debates sobre sostenibilidad.
La pregunta es si esta oleada de protestas será suficiente para frenar o modificar el acuerdo.
Porque el malestar ya no es puntual. Es estructural.











