Estimado Redactor y Lectores
Desde la Asociación Justicia Histórica Española, lamentamos la existencia y por tanto el ensalzamiento en forma de estatua, nomenclaturas de calles, colegios-institutos y accidentes geográficos, del mayor genocida que ha padecido España en toda su Historia; Almanzor.
Los siguientes argumentos de peso que avalan la eliminación de la vía pública, de todo referente a este atroz criminal, van más allá de la injuzgabilidad de sucesos, acaecidos en el pasado con criterios y/o valores de hoy (la Paradoja del Historiador). Por el contrario, de lo que en estas letras se expone, encaja totalmente dentro de lo INADMISIBLE, en una sociedad que se proclama “occidental y democrática", y que bajo ninguna causa permite ensalzar a tan crueles y lúgubres “personajes” históricos, ejecutores de crímenes de Lesa Humanidad, que produjo miles de victimas derivadas de sus numerosísimas aceifas.
No obstante, lo que podrán leer a continuación, no corresponde a la Asociación que suscribe estas letras, sino a estudiosos e historiadores especialistas en el referido personaje:
Almanzor “las devastadoras prácticas de la «bestia» que asoló España”
Ibn Abi Amir (o Almanzor), caudillo del califa Hisham II, llevó a cabo más de cincuenta sangrientas campañas militares contra los reinos cristianos. En las mismas hizo decenas de miles de prisioneros y lanzó cabezas cortadas contra las ciudades enemigas para desmoralizar a sus ciudadanos (Manuel P. Villatoro).
«Con todo, el pueblo ismaelita entró en los confines de los cristianos y comenzó a devastar muchos de sus reinos y a matar con la espada. […] Ciertamente devastó ciudades y castillos y despobló toda la tierra hasta que llegó a las zonas marítimas de la España Occidental y destruyó la más importante ciudad de Galicia». Con estas tristes palabras explicaba el obispo del siglo XI Sampiro las barbaridades perpetradas por uno de los mayores enemigos del cristianismo en la Península Ibérica: Ibn Abi Amir (más conocido como Almanzor). Su fallecimiento dejó tras de sí una estela de crueldad cuyo final celebró así la Crónica Sielense: «Murió Almanzor y fue sepultado en el infierno».
El escriba que dio forma a aquellas palabras rebosaba odio, pero también mucha razón. Almanzor, un caudillo venido a más que usó al joven califa de Córdoba como una mera marioneta a través de la que poder cumplir sus deseos, protagonizó entre los años 977 y 1002 nada menos que cincuenta y seis campañas militares perpetradas, en su mayoría, contra los reinos cristianos del norte peninsular. Una de las cimas de su barbarie, llegó en el 997, cuando arrasó y saqueó Santiago de Compostela. «Destruyó iglesias, monasterios y palacios y los quemó con fuego», desvelaba el propio Sampiro. Sus huestes solo respetaron el sepulcro del apóstol, y por una razón que, a día de hoy, sigue siendo un enigma. ¿Miedo o respeto? Nunca lo sabremos. Pero eso si, trasladó (como cuenta el analista y divulgador histórico, Pedro Fernández Barbadillo) las campanas de la catedral de la catedral compostelana a Córdoba, a hombro de españoles esclavizados y allí las usó como lámparas de la Mezquita. A uno de sus vencidos, el Rey Sancho Garcés II, [de Pamplona] le obligó a entregarle a su hija Abda para su servicio sexual. (Libertad Digital, 24/6/2020).
Pero aquella no fue su mayor barbarie. Poco antes, durante el año 982, Almanzor ya era conocido como uno de los caudillos más sádicos del Islam tras haber conquistado Zamora y después de que uno de sus acólitos perpetrara una gran matanza contra sus habitantes. «Dicen que Almanzor entró en Córdoba precedido de más de 9.000 cautivos que iban en cuerdas de a cincuenta hombres, y que el Walí de Toledo, Abdalá ben Abdelaziz, llevó a aquella ciudad 4.000, después de haber hecho cortar en el camino, igual número de cabezas cristianas», afirma el número 16 de la «Revista histórica» (editada en abril de 1852).
Campañas de muerte
A partir de entonces, Ibn Abi Amir comenzó una larga lista de campañas contra los reinos vecinos que no detuvo hasta poco antes de su muerte. Según fuentes como el historiador musulmán del siglo X Ibn Hayyan, jamás dejó «durante toda su vida» de «atacar a los cristianos, asolar su país y saquear sus bienes». Así lo corrobora María Isabel Pérez de Tudela, profesora titular del Departamento de Historia Medieval, en su dossier « Guerra, violencia y terror. La destrucción de Santiago de Compostela por Almanzor hace mil años». La experta, además, sentencia que sus continuos asaltos no buscaban solo acabar con el contrario, sino «someter y humillar a sus enemigos».
Por entonces, el poder de un cristianismo dividido no podía equiparase al del nuevo caudillo del Islam. De hecho, los cronistas de la época se resignaban y se limitaban a señalar que «los cristianos llegaron a temerle como a la muerte» y que tuvieron que aprender a soportar «las cosas más viles para su religión». Pérez de Tudela es de la misma opinión: «El saqueo metódico y dirigido trataba no sólo de empobrecer a los enemigos, sino de humillarles en lo que hasta el momento había sido el soporte de la resistencia: la confianza en el Credo religioso».
En palabras de Pérez de Tudela, Almanzor protagonizó aproximadamente medio centenar de campañas de castigo contra los reinos cristianos desde el año 977, cuando obtuvo su primera victoria en tierras de León. «La mayoría de los investigadores cifraban en más de cincuenta las expediciones realizadas por Almanzor a lo largo de su vida. En la mayoría de asaltos, apostaba por las «devastaciones sistemáticas» en lugar de ocupar o colonizar los territorios.
En la crónica denominada Dhikr bilad al Andalus (autor musulmán anónimo que vivió sobre el siglo XIV) elevó esa cifra a cincuenta y seis», afirmando que Almanzor conquistó y destruyó ciudades o enclaves destacados como Zamora, los arrabales de León, Simancas, Sepúlveda (la cual fue incendiada), Coimbra, Astorga o Pamplona (esta última, en dos ocasiones). «Del rigor de los cercos a que fueron sometidas algunas de estas posiciones dan cuenta ciertas frases contenidas en el Dhikr, frases que no por escuetas dejan de sobrecogernos mil años después de ser consignadas por escrito», añade Pérez de Tudela en su dossier.
Brutalidad y terror
Entre las ciudades que fueron conquistadas y destruidas de una forma más brutal destacan Sepúlveda y Barcelona. En ambas Almanzor utilizó almajaneques (gigantescas catapultas que lanzaban piedras de hasta quinientos kilogramos para destruir las murallas enemigas) y, en el caso de la ciudad catalana, disparó una munición muy tétrica; «Las máquinas que atacaron Barcelona el año 985 lo hicieron disparando cabezas de cristianos a un ritmo de mil por día», añade la experta. La barbarie contra esta urbe fue total ya que, después de traspasar sus muros, Almanzor pasó a cuchillo a la mayoría de los hombres que la defendían, quemó las viviendas y esclavizó a una buena parte de las mujeres y los niños. Cuenta Javier Iglesias Aparicio (según Dhikr) en su cuarta campaña contra Barcelona, tras derrotar al Conde Borrell II, regresó a Córdoba con 3.000 cautivas.
En palabras de la citada profesora, que este hecho se dejase claro en un texto histórico tan escueto como el que nos trae, pone de manifiesto que la política de terror fue «un recurso sistemático por parte del amirita». Una estrategia que pretendía aterrorizar a sus enemigos y en las que influían de forma directa la devastación de las urbes que pisaba su ejército.
Mención a parte requieren las ingentes cifras de muertos que Ibn Abi Amir dejó a su paso en ciudades como Simancas o Toro. «En algún caso el autor reseña el número de los muertos: 20.000 en Aguilar; 10.000 en Montemayor, y en otro precisa que Almanzor dio muerte a todos los hombres (Sacramenia)», añade la profesora.
El experto arabista Luis Molina afirma en su obra magna «Las campañas de Almanzor» que dos de las más brutales fueron la decimoséptima (la de León, donde volvió con mil cautivos tras asesinar a cientos de soldados) y la decimoctava (la de Simancas, en la que «las aguas del río se tiñeron de rojo por la sangre cristiana vertida»). «En junio del 987 Coimbra sufrió un ataque que a la larga conseguiría su abandono durante siete años. Era el tercer año consecutivo que Almanzor lanzaba sus tropas contra la ciudad del Mondego. La primera de esas expediciones tiene lugar entre septiembre y octubre del 986 y en ella ataca Condeixa y Coimbra, la segunda se inicia en marzo del 987 y la tercera ese mismo año en el mes de junio, al decir de la crónica la ciudad fue asediada durante dos días y cayó al tercero. Sus habitantes fueron hechos prisioneros y su solar destruido. El año 990, un nuevo ataque dirigido contra Montemayor obligó a desalojar toda la zona al sur del Duero», añade la experta.
Prisioneros
El Dhikr, según la autora de «Guerra, violencia y terror La destrucción de Santiago de Compostela por Almanzor hace mil años», también deja constancia de la ingente cantidad de prisioneros que hacía Almanzor tras conquistar, saquear y quemar las ciudades cristianas. Del medio centenar de contiendas que protagonizó este caudillo, en una treintena regresó con un «abultado número de cautivos». Una buena parte de ellos, mujeres y niños. «En siete de ellas se especifica que las apresadas eran mujeres, y en dos más, que la captura fue de mujeres y niños. En las incursiones contra Cuéllar y Calatayud, nuestro informante apunta que fueron hechos prisioneros todos los habitantes de la población», desvela la autora.
Fernández Barbadillo argumenta como la demanda de esclavos rubios y blancos para el servicio y el antojo de musulmanes en Al-Andalus alimentó redes de captura de niños y jóvenes de ambos sexos y una reserva de esclavas concubinas, hasta el punto que los tres primeros califas andalusíes (Abderramán, Alhakén II y Hisham II) eran hijos de esclavas cristianas).
A pesar de que es casi imposible calcular el número concreto de cristianos a los que Almanzor privó de su libertad, la profesora Pérez de Tudela (basándose siempre en el Dhikr) intenta hacer una aproximación en su obra. Según sus cálculos, los botines humanos más cruentos habrían consistido en 40.000 mujeres durante las campañas de Zamora y Toro; 70.000 más (cifra en la que también contabiliza niños) en su ataque contra Barcelona y 50.000 en Aguilar de Sausa. «Por los datos que aporta el Dhikr entre el 977 y el 1002, el amirita aprisionó sólo en las campañas más sobresalientes a 99.000 mujeres», añade. ¿Qué sucedía, entonces, con los hombres que se rendían ante el poder del musulmán? La mayoría eran sacrificados.
Ledesma (Salamanca), Tarragona, Lérida, y otras muchas poblaciones tuvieron que padecer al brutal azote de este caudillo de la Yihad (o Guerra Santa ) durante esas últimas décadas del siglo X.
Honores a Esclavistas
Pedro Fernández Barbadillo, nos narra que de manera incomprensible, los descendientes de los españoles oprimidos y esclavizados –cuando no ejecutados - por los andalusíes, han honrado a sus verdugos levantándoles estatuas y dando sus nombres a calles y hasta institutos. Quizás por ignorancia, o quizás por desprecio a la España Católica. [...]. Si quisiéramos purificar nuestro espacio público de esclavistas deberíamos eliminar a los Omeyas y Almanzor. (Libertad Digital, 24/6/2020).
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Por todo ello y por más (no hemos incluido las intrigas internas, asesinatos palaciegos y campañas norteafricanas en los que también participó este tétrico caudillo) vaya con estas letras, una invitación al replanteamiento público y su definitiva eliminación, de la misma manera que es imposible y más aún, ridículo, encontrar estatuas de Heinrich Himmler, Rudolf Hess o Josef Goebbels en Polonia, resultando muy ofensivo, cualquier alusión a tan atroz y bestial asesino, en cualquier parte del planeta. Y mas aún, en España.
Seguro que habrá especialistas, capaces de encontrar referentes históricos más elogiosos y admirables de nuestra dilatada Historia. Valga como ejemplo la eliminación de la estatua de tan siniestro personaje, efectuada por el consistorio municipal de Algeciras, en 2013 y que ahora un nuevo Partido Andalusí pretende volver a instaurar.
No lo permitamos.
Atentamente,
Asociación Justicia Histórica Española
