En el último Consejo de Ministros del año, casi con alevosía y sin rueda de prensa grandilocuente, el Gobierno ha aprobado un gasto militar de más de 2.000 millones de euros. La cifra es mareante, pero lo más llamativo es el silencio. Pedro Sánchez sabe que invertir en Defensa es necesario (y una exigencia de la OTAN), pero también sabe que a sus socios de Sumar y a sus aliados independentistas les produce urticaria. ¿La solución? Aprobarlo discretamente entre turrones y polvorones.
El paquete incluye la compra de vehículos tácticos, mejoras en la base de Rota, más dinero para el programa de submarinos S-80 (que ya acumula sobrecostes históricos) y una partida de 100 millones directos para la OTAN con el fin de armar a Ucrania. España cumple así con el compromiso del 2% del PIB en Defensa, un hito que nos alinea con nuestros aliados occidentales frente a la amenaza rusa.
La hipocresía del «No a la guerra»
Resulta irónico ver cómo el Gobierno «más progresista de la historia» firma el mayor rearme de las últimas décadas. Mientras en público se llenan la boca de paz y diplomacia, en los despachos firman cheques para misiles y tanques. Es la Realpolitik imponiéndose al discurso panfletario. La guerra en Ucrania y la inestabilidad global no entienden de ideologías, y hasta este Ejecutivo ha tenido que agachar la cabeza y pagar la factura de la seguridad.
Esta inversión, necesaria para nuestras Fuerzas Armadas, se hace sin debate parlamentario real, hurtando a los españoles la explicación de por qué es prioritario gastar en armas cuando las ayudas a la vivienda no llegan o la sanidad cruje. La defensa es vital, sí, pero la transparencia también debería serlo.












