El abismo moral de las redes sociales ha tocado fondo, y lo ha hecho en directo, ante miles de ojos que miraban pero no hacían nada. Un streamer catalán conocido como ‘Sergio’ ha fallecido tras protagonizar un «reto» extremo en su canal: ingerir una botella entera de whisky y seis gramos de cocaína en tiempo récord. ¿El motivo? Dinero. Sus seguidores pagaban donaciones para animarle a seguir consumiendo hasta el colapso. Es la primera muerte documentada en España de este tipo, un suicidio asistido por el algoritmo y la audiencia.
La tragedia, relatada por La Sexta, ha conmocionado al país pero, sobre todo, ha abierto un debate que no puede esperar: ¿donde está el límite? La familia del joven denuncia, rota de dolor, que «la gente pagaba para verle morir». Y tienen razón. El chat del directo era un jaleo de incitación, pidiendo «más chupitos» y «más rayas» a cambio de bizums y suscripciones. Era un circo romano digital donde el león era la droga y la víctima un chaval con problemas de adicción, monetizado hasta el último aliento.
La responsabilidad de las plataformas
¿Cómo es posible que una plataforma de streaming permita emitir el consumo letal de drogas durante horas sin cortar la señal? Los filtros fallaron, o no existieron. La impunidad con la que se comercia con la vida en internet es absoluta. Mientras nos preocupamos por regular la IA o las estafas tecnológicas, dejamos que nuestros jóvenes conviertan su autodestrucción en un espectáculo de variedades.
«Todo por el like»
Sergio no murió solo; murió rodeado de una multitud virtual que aplaudía. Es el síntoma de una sociedad enferma que ha perdido la empatía. Al igual que el conductor que atropella y huye, los espectadores que pagaron por ver esto huyeron al cerrar la pestaña del navegador cuando el cuerpo cayó al suelo. Pero su responsabilidad moral permanece. Han financiado una sobredosis.
Este caso debe marcar un antes y un después. No es «contenido», es un crimen. Y quienes pagan por verlo deberían empezar a ser considerados cómplices necesarios de homicidio por imprudencia. Descansa en paz, Sergio, víctima de tus demonios y de la crueldad de quienes te prometieron fama a cambio de tu vida.











