La ausencia del presidente en el funeral de Huelva por las víctimas de Adamuz revela su desfachatez y una estrepitosa falta de empatía
En un acto que roza la indignidad, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha optado por ignorar el luto colectivo de España al no asistir al funeral por las 45 víctimas del trágico accidente ferroviario de Adamuz, ocurrido el pasado 18 de enero en Córdoba.
Este descarrilamiento, que ha conmocionado al país y dejado un reguero de dolor especialmente en Huelva, de donde procedían 27 de los fallecidos, merecía la presencia del líder de la nación para mostrar solidaridad y empatía. Sin embargo, Sánchez ha preferido evitar el escrutinio público, temeroso de las inevitables peticiones de dimisión y los insultos que le aguardaban de parte de las familias indignadas y una sociedad harta de su gestión negligente.
El Palacio de Deportes Carolina Marín en Huelva se convirtió este jueves en un santuario de recogimiento, con una misa presidida por el obispo de Huelva, Santiago Gómez. Pero Sánchez brilló por su ausencia, enviando en su lugar a la vicepresidenta primera, María Jesús Montero, como un gesto insuficiente para tapar su cobardía.

No quería un funeral religioso
Lo más revelador es que Sánchez no quería un funeral religioso como el que se celebró. Fuentes cercanas al Gobierno confirman que el presidente impulsó inicialmente un acto laico, similar al de las víctimas de la DANA en Valencia, para evitar cualquier connotación católica.
Este gesto no sorprende en un líder que se muestra más cercano a los islamistas radicales, como ha demostrado con sus políticas de acercamiento a Marruecos y su tibieza ante el extremismo, que a la tradición cristiana que vertebra la identidad española.
España llora bajo la cruz
Mientras España llora bajo la cruz, Sánchez prefiere un ceremonial neutro que diluya la fe de la mayoría, priorizando su agenda ideológica por encima del respeto a las víctimas y sus creencias.
Aun con la agenda completamente despejada, sin compromisos oficiales que justificaran su ausencia, Sánchez tampoco se dignó a comparecer en el Senado para dar explicaciones sobre la tragedia. En su lugar, delegó en el ministro de Transportes, Óscar Puente, quien tuvo que enfrentar solo las preguntas sobre las posibles negligencias en la infraestructura ferroviaria que podrían haber evitado el desastre.
Frivolidad absoluta
Y qué hizo Sánchez en cambio… Optó por tomarse el día libre y celebrarlo en privado con su esposa, Begoña Gómez, en el día de su cumpleaños. Un gesto de frivolidad absoluta mientras miles de onubenses y andaluces se reunían en luto, clamando justicia y responsabilidad.
Y es que Begoña Gómez no es ajena a la controversia. Actualmente imputada por cinco delitos graves en una investigación judicial que salpica directamente al Palacio de la Moncloa, su situación agrava la imagen de un Gobierno envuelto en escándalos.
Y como recordatorio, los cargos contra ella incluyen:
- Tráfico de influencias: Por presuntamente intermediar para que empresas amigas obtuvieran contratos públicos a cambio de favores personales, aprovechando su posición como esposa del presidente.
- Corrupción en los negocios: Relacionado con su intervención en adjudicaciones irregulares, como las cartas de apoyo a consorcios que beneficiaron a empresarios cercanos, como Carlos Barrabés.
- Apropiación indebida: Por registrar como propio un software financiado con fondos públicos de la Universidad Complutense de Madrid, donde actuó como codirectora de una cátedra.
- Intrusismo laboral: Al ejercer funciones directivas en proyectos académicos sin las cualificaciones requeridas, invadiendo competencias profesionales ajenas.
- Malversación de caudales públicos: Por el uso indebido de recursos estatales, como la contratación de asesores en La Moncloa con fondos destinados a otros fines.
Estos delitos, que podrían sumar hasta 17 años de prisión según el Código Penal, pintan un cuadro de abuso de poder y enriquecimiento ilícito que erosiona la credibilidad del Ejecutivo.

Falta de colaboración de Begoña
El juez Juan Carlos Peinado ha ampliado la investigación, y la falta de colaboración, como no entregar su pasaporte como requerido, solo alimenta las sospechas de que hay mucho más por destapar.
España está indignada. Un presidente que huye del dolor de su pueblo, que prioriza fiestas personales sobre el deber público y que demuestra una falta absoluta de sensibilidad y empatía, no es digno de liderar esta gran nación.
Mientras las familias de Adamuz luchan por la verdad y la justicia, Sánchez se esconde, confirmando que su mandato es un fracaso moral.












