La franquicia de ciencia ficción más icónica de la historia parece decidida a autodestruirse en el altar de la corrección polÃtica. Star Trek, que antaño inspiraba con visiones de futuro y tecnologÃa, ha estrenado su nueva serie, Starfleet Academy, y el veredicto de la audiencia no ha podido ser más devastador: es «puro marxismo» cultural disfrazado de entretenimiento. La producción ha provocado una oleada de indignación entre los seguidores veteranos, que denuncian cómo la ideologÃa woke ha secuestrado por completo la narrativa, convirtiendo la saga en un panfleto adoctrinador insoportable.
Tal y como recogen medios como Libertad Digital, el estreno de los dos primeros episodios en Estados Unidos ha desatado un fenómeno de «review bombing» masivo. Los espectadores han acudido en masa a los agregadores de crÃticas para expresar su rechazo frontal a una diversidad forzada y artificial que nada tiene que ver con la trama y todo con la agenda polÃtica de sus creadores. Personajes diseñados únicamente para cumplir cuotas, tramas adolescentes vacÃas y un desprecio absoluto por el legado de Gene Roddenberry marcan el tono de este nuevo despropósito.
La obsesión identitaria anula la calidad narrativa
El centro de las crÃticas se focaliza en cómo la serie prioriza la raza, el género y la fisonomÃa de los personajes por encima de cualquier criterio de calidad o lógica narrativa. Lo que deberÃa ser una academia de élite para exploradores espaciales se ha transformado en un escaparate de las obsesiones de la izquierda progresista estadounidense. Frases y situaciones que parecen sacadas de un manual de teorÃa crÃtica de la raza sustituyen a la aventura y la exploración filosófica que caracterizaban a la serie original.
Resultan especialmente sangrantes las declaraciones de miembros del reparto como Gina Yashere, quien, en un alarde de superioridad moral, defendió que si la serie molesta es porque «estás progresando y eres consciente». Un argumento falaz que intenta culpar al espectador de los fallos de un producto mediocre. No es que los fans sean intolerantes; es que están hartos de que se les sermonee. El paralelismo con el reciente fracaso de The Acolyte en el universo Star Wars es evidente: franquicias milmillonarias arruinadas por creadores como Alex Kurtzman, que parecen odiar a su propia base de aficionados.
Go Woke, Go Broke: ¿El fin de Star Trek?
La deriva de Star Trek hacia el activismo polÃtico más burdo no es nueva, pero Starfleet Academy parece haber cruzado todas las lÃneas rojas. Convertir una serie de culto, mayoritariamente seguida por varones amantes de la ciencia ficción, en un drama adolescente «woke» es una estrategia comercial suicida que solo se explica desde el fanatismo ideológico de Hollywood. Los espectadores denuncian diálogos absurdos, situaciones donde se humilla a ciertos personajes por su género o raza para elevar a otros, y una atmósfera general de revanchismo social.
Las redes sociales arden con comentarios que califican la producción de «basura propagandÃstica». «Vi 24 minutos antes de apagarlo», «Es insultante», son algunas de las reacciones más suaves. La desconexión entre la crÃtica «profesional», temerosa de ser señalada, y el público real es abismal. Mientras la industria sigue empeñada en imponer su visión del mundo a través de la ficción, el público vota con el mando a distancia, abandonando en masa productos que no buscan entretener, sino reeducar. Star Trek ha pasado de explorar nuevas fronteras a levantar muros ideológicos, y el precio a pagar puede ser su propia irrelevancia.












