El tablero geopolítico de Oriente Medio acaba de recibir una sacudida de alto voltaje desde Washington. El presidente de Estados Unidos, **Donald Trump**, ha roto la baraja diplomática con un mensaje directo e incendiario dirigido al corazón de las protestas en Irán. A través de su red social Truth Social, Trump ha instado a los manifestantes persas a «tomar el control de sus instituciones», asegurándoles que «la ayuda está en camino». Esta declaración, que muchos interpretan como un llamamiento a la insurrección o al cambio de régimen, marca un punto de no retorno en la crisis iraní.
El mensaje de la Casa Blanca llega en un momento crítico, cuando las cifras de la represión alcanzan cotas de masacre. Según la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos (Hrana), más de **2.000 personas han muerto** desde que estallaron las revueltas el pasado 28 de diciembre. El régimen de los ayatolás, acorralado, ha reconocido por primera vez la magnitud de las bajas, aunque —como es habitual— culpa a «agentes externos». Ante este baño de sangre, Trump ha cancelado cualquier vía de negociación inmediata: «He cancelado todas las reuniones con funcionarios iraníes hasta que cesen los asesinatos sin sentido».
¿Intervención militar a la vista?
Lo más inquietante para Teherán no son solo los tuits, sino lo que se mueve entre bastidores. Aunque Trump ha dejado una puerta entreabierta a la diplomacia si Irán cesa la violencia, explícitamente ha afirmado que **baraja una «posible acción militar»** para proteger a la población civil. Esta amenaza directa coloca al régimen iraní ante una disyuntiva existencial: ceder ante la presión de su propia calle o arriesgarse a un conflicto abierto con la superpotencia americana.
La escalada recuerda a la firmeza que Occidente está empezando a mostrar en otros frentes, como las recientes sanciones masivas que la Unión Europea prepara contra Irán. Parece haber un consenso transatlántico de que la impunidad de los ayatolás debe terminar, aunque los métodos difieran.
Aranceles y tensión global
La estrategia de «máxima presión» de Trump no se limita a lo militar. En el plano económico, ha anunciado **aranceles del 25%** a cualquier país que comercie con Irán, una medida que afecta directamente a la línea de flotación de la economía persa, dependiente de sus exportaciones de petróleo a naciones como China o India. Pekín ya ha protestado y Moscú ha calificado las amenazas de «inaceptables», dibujando los bloques de una nueva Guerra Fría que tiene a Teherán como epicentro.
«Anoten los nombres de los asesinos. Ellos pagarán un alto precio», ha advertido Trump a las fuerzas de seguridad iraníes. Es un aviso a navegantes para los mandos intermedios de la Guardia Revolucionaria: la obediencia debida al Líder Supremo puede tener consecuencias penales internacionales muy pronto. Con la promesa de que la «ayuda está en camino», Estados Unidos parece dispuesto a pasar de espectador a actor principal en la que podría ser la caída —o la radicalización definitiva— de la República Islámica.












