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El Pacto Verde Europeo encarece los fertilizantes hasta 100 euros por hectárea

La Europa de PPSOE impone una transición climática ideológica sin estudios de impacto reales ni compensaciones adecuadas

A partir del 1 de enero de 2026, los agricultores españoles y de la UE enfrentarán un nuevo varapalo impuesto desde Bruselas con la inclusión de los fertilizantes en el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM), una medida enmarcada en el polémico Pacto Verde Europeo que gravará las importaciones en función de sus emisiones de CO₂.

Esta decisión, que busca penalizar la «fuga de carbono«, repercutirá directamente en los productores comunitarios, elevando los costes de producción entre 40 y 100 euros por hectárea en cultivos clave como cereales, maíz, remolacha o hortícolas intensivas.

Según denuncias de la Unión de Uniones de Agricultores y Ganaderos, este sobrecoste podría generar un impacto acumulado de hasta 1.500 millones de euros anuales en el sector, en un contexto de márgenes ya estrechos y dependencia de importaciones.

España, deficitaria en abonos y con fuertes compras a Rusia pese a las sanciones, sufrirá especialmente: los aranceles a fertilizantes rusos y bielorrusos ya inflan 40-50 euros por tonelada, y ahora se suma este «impuesto verde» que castiga a quien produce dentro de la UE con normas estrictas, mientras permite la entrada masiva de productos extracomunitarios sin equivalentes exigencias ambientales.

Agenda 2030

Este es solo el último capítulo de la Agenda 2030 y su Pacto Verde, criticado por imponer una transición climática ideológica sin estudios de impacto reales ni compensaciones adecuadas.

Bruselas «dispara al pie» una vez más, como admiten incluso organizaciones moderadas: sobrecarga burocrática, costes insoportables y competencia desleal que amenaza la viabilidad de miles de explotaciones familiares. Si los márgenes se estrechan más, la producción agroalimentaria europea caerá, disparando precios en la cesta de la compra y comprometiendo la soberanía alimentaria.

Los agricultores alertan: sin rentabilidad no hay sostenibilidad. Es una evidencia, como lo es hora de hacer del campo el protagonista real frente a las élites ecologistas de despacho que, con su fanatismo verde, condenan al sector primario a la ruina mientras abren puertas a importaciones baratas y contaminantes.

 

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