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Óscar Puente difunde documentos sesgados para ocultar que el accidente de Adamuz ocurrió en una vía tercermundista de 1989

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, ha cruzado una línea roja que ya no tiene retorno en términos de decencia política. Tras la tremebunda tragedia ferroviaria en Adamuz, que se ha cobrado la vida de 45 personas, el titular del ministerio ha iniciado una campaña de desinformación activa, publicando documentación parcial y sesgada en sus redes sociales para intentar desmentir lo que es un secreto a voces en el sector: el accidente se produjo en un tramo donde conviven infraestructuras obsoletas de 1989 con parches de 2023. Esta maniobra desesperada de Puente busca eludir una responsabilidad penal y política evidente, ignorando incluso los informes técnicos de Adif que confirman el estado crítico de ese trazado.

España, harta de mentiras

La soberbia del exalcalde de Valladolid ha alcanzado cotas alarmantes al intentar tratar a los ciudadanos por ignorantes. Mientras los peritos y los trabajadores ferroviarios denuncian que la falta de homogeneidad en la vía fue un factor determinante en el descarrilamiento y posterior colisión, Puente se dedica a seleccionar folios sueltos de manuales de mantenimiento para aparentar una normalidad que no existe. Es el «modus operandi» de un ministro que vive más pendiente de su cuenta de X que de los sistemas de seguridad de Renfe, una actitud que ya le ha valido la reprobación unánime de las familias de las víctimas de Adamuz.

La mentira de Óscar Puente desmontada por los propios registros de Adif

A pesar del esfuerzo del Ministerio por ocultar la realidad, los datos de Adif son tozudos. El tramo fatídico de Adamuz no solo no es «de vanguardia», como presumía cínicamente Pedro Sánchez hace apenas unas horas, sino que es un ejemplo de la «España de dos velocidades». Por un lado, una señalética moderna instalada recientemente; por otro, una plataforma de vía que en muchos puntos no ha sido renovada desde finales de la década de los ochenta. Esta combinación letal de tecnología punta sobre cimientos caducos es el resultado de años de falta de inversión real, camuflada bajo presupuestos de propaganda que el sanchismo ha priorizado por encima de la seguridad nacional.

El intento de Puente por desmentir estos hechos publicando gráficos sesgados es un insulto a la inteligencia. Diferentes sindicatos ferroviarios y expertos independientes han señalado que la documentación aportada por el ministro omite deliberadamente los informes de fatiga de materiales y las advertencias previas de los maquinistas sobre las vibraciones anómalas en ese punto kilométrico. Resulta vergonzoso que, en lugar de comparecer con humildad y transparencia, el máximo responsable de los transportes en España se dedique a «desmentir en falso» realidades que incluso los organismos que dependen de él ya han reconocido en sede técnica.

Esta actitud de ocultación recuerda a otros episodios donde el Ejecutivo ha intentado retorcer la verdad para proteger a sus miembros. Mientras Sánchez intenta defender lo indefendible en sede parlamentaria, su ministro de Transportes actúa como un activista digital, lanzando bulos disfrazados de «datos oficiales» para embarrar el debate y evitar la palabra que más teme el sanchismo: dimisión. En cualquier democracia con un mínimo de higiene institucional, el uso de documentos sesgados para tapar una negligencia con 45 muertos sería motivo de cese inmediato.

Desprecio a las víctimas y blindaje del sanchismo tras el caos de Renfe

¿Hasta cuándo va a permitir Pedro Sánchez que Óscar Puente juegue con el dolor de los españoles? El caos en la red ferroviaria no es un accidente geográfico, es una consecuencia de una gestión política desastrosa que ahora intenta blindarse mediante la mentira. El atropello informativo de Puente no es un hecho aislado; es parte de una estrategia coral donde el Gobierno utiliza cualquier distracción, desde ataques histriónicos a Donald Trump hasta promesas de subidas del salario mínimo por parte de Yolanda Díaz, para que no se hable de por qué los trenes descarrilan en Andalucía.

La realidad de las infraestructuras españolas bajo el mandato de Puente es una sucesión de parches y propaganda. Se inauguran tramos de alta velocidad con gran boato mientras la red convencional y las líneas de cercanías, usadas por millones de trabajadores cada día, languidecen en un estado de abandono absoluto. La tragedia de Adamuz es el símbolo de este fracaso. No se puede tener una red de trenes segura si el ministro encargado de la misma dedica su tiempo a pelearse con las empresas del sector y a difundir documentos mutilados para salvar su propio cuello político.

Incluso en el sitemap de la propia administración estatal, es posible encontrar rastros de alertas sobre la ineficiencia del gasto público que afectan directamente a la calidad de los servicios básicos. El dinero de los impuestos no llega a las vías, pero sí llega a las campañas de comunicación para que Puente pueda seguir publicando sus «mentiras en falso» con recursos de todos los ciudadanos. Es una burla sangrienta que mientras se entierran a 45 personas, el responsable de que los trenes lleguen a su destino esté más preocupado por ganar una batalla de relatos en internet que por arreglar los problemas estructurales de Transportes.

En definitiva, la publicación de documentación sesgada por parte de Óscar Puente es la prueba definitiva de su incapacidad moral para seguir en el cargo. Si tiene que recurrir al engaño para desmentir una realidad que hasta Adif admite, es que la verdad es demasiado demoledora para su carrera. Los españoles merecen saber qué pasó exactamente en Adamuz y, sobre todo, merecen un ministro que no les mienta a la cara mientras las vías de 1989 siguen siendo la trampa mortal de la red ferroviaria del siglo XXI en España.

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