Es la noticia económica del año, y curiosamente, es la que más duele leer cuando revisas tu cuenta bancaria a final de mes. La Agencia Tributaria ha hecho historia, pero no por bajar impuestos, sino por todo lo contrario. Por primera vez desde que existen registros, Hacienda ha superado la barrera psicológica de los 300.000 millones de euros en recaudación antes incluso de cerrar el año. Solo entre enero y noviembre de 2025, las arcas públicas han ingresado 301.355 millones de euros, una cifra mareante que representa un incremento del 10% respecto al año anterior. Dicho de otra forma: el Estado tiene 27.000 millones más que el año pasado, dinero que ha salido directamente del esfuerzo de empresas y familias.
Este hito recaudatorio se vende desde el Ministerio de Hacienda, liderado por María Jesús Montero, como un triunfo de la «justicia social» y del buen momento económico. «España crece y el empleo tira», aseguran. Y es cierto que hay más gente trabajando, pero los expertos señalan otro culpable mucho menos amable: la inflación. El gobierno se ha convertido en el principal beneficiario de la subida de precios. Cuanto más caro pagas el pan, la gasolina o los servicios, más IVA recauda el Estado. Es el negocio redondo de la inflación, donde el ciudadano pierde poder adquisitivo y la Administración gana liquidez.
IRPF e IVA: Los dos motores que te asfixian
Si desglosamos los datos, el panorama es revelador. Casi la mitad de todo lo recaudado proviene del IRPF, es decir, de tu nómina. Los ingresos por este impuesto se han disparado un 10,1% hasta los 133.282 millones de euros. La no deflactación de la tarifa (es decir, no ajustar los tramos del impuesto a la subida del coste de la vida) ha provocado que muchos trabajadores paguen más impuestos simplemente porque sus sueldos han subido ligeramente para compensar la inflación, aunque en realidad son más pobres que antes. Es lo que los economistas llaman «progresividad en frío», y es una subida de impuestos encubierta de manual.
Por otro lado, el IVA ha aportado 94.416 millones, un 9,3% más. A pesar de las rebajas puntuales en alimentos básicos (que ya se están retirando), el consumo sigue gravado con fuerza. Y atención al «Impuesto Especial sobre la Electricidad», que ha repuntado un brutal 47,9% tras la retirada de las medidas anti-crisis. La luz vuelve a ser un artículo de lujo fiscal.
Curiosamente, el único impuesto que ha bajado es el del alcohol (-2,3%). Quizás sea una metáfora de los tiempos que corren: la gente tiene menos dinero para todo, incluso para ahogar las penas, o quizás el cambio de hábitos de consumo hacia opciones más baratas está haciendo mella.
¿A dónde va todo ese dinero?
La pregunta legítima que se hace cualquier contribuyente al ver estas cifras es: ¿reverten estos 300.000 millones en mejores servicios? La sanidad sigue con listas de espera, la educación clama por recursos y la burocracia es más lenta que nunca. Paradójicamente, mientras Hacienda nada en la abundancia, el Gobierno aprueba partidas de gasto cuestionables o sorpresivas, como el reciente gasto militar de 2.000 millones de euros por la puerta de atrás.
Esta desconexión entre la riqueza del Estado y la precariedad de la economía doméstica es el caldo de cultivo perfecto para el descontento social. Mientras las familias hacen malabares para pagar la hipoteca o el alquiler, y los autónomos ven cómo sus cuotas siguen siendo una losa (aunque se congelen en 2026, como veremos en otra noticia), el «socio listo» de la empresa, Hacienda, presenta resultados récord. Es la realidad de un sistema fiscal que, lejos de ser una herramienta de redistribución, a veces parece una máquina de succión inagotable. En un año donde también nos amenazan con subir la cesta de la compra por la nueva PAC, este récord de recaudación suena más a expolio que a éxito de gestión.












