La tecnología avanza a pasos agigantados, pero parece que la capacidad crítica y, sobre todo, la ética del trabajo de algunos representantes públicos se ha quedado anclada en una pereza supina. El último ejemplo de esta deriva digital lo ha protagonizado el diputado panameño Gabriel Solís, quien se ha convertido en el hazmerreír de las redes sociales tras protagonizar uno de los momentos más surrealistas y bochornosos de la historia parlamentaria reciente de la región.
Todo sucedió durante una sesión ordinaria en la Asamblea Nacional de Panamá. Solís subió a la tribuna para presentar un solemne anteproyecto de ley relacionado con temas «legales, contables y de cumplimiento normativo». Hasta ahí, todo entraba dentro de la normalidad institucional. Sin embargo, lo que nadie esperaba es que el diputado no solo hubiera delegado la redacción de su discurso en la famosa herramienta ChatGPT, sino que ni siquiera se hubiera tomado la molestia de revisarlo antes de leerlo en voz alta.
«Si estás interesado en un sector específico como turismo, comercio o agroindustrias, puedo darte ideas más puntuales si quieres enfocar en alguna industria en particular.»
Esa fue la frase que salió por la boca del diputado Solís justo cuando el discurso debía haber concluido. Lejos de detenerse al notar la incongruencia, el político continuó leyendo robóticamente el ofrecimiento que la inteligencia artificial añade al final de sus respuestas cuando se le pide ayuda para redactar textos. La evidencia era irrefutable: el diputado —o sus asesores— habían copiado y pegado el texto directamente del chat sin borrar ni una sola coma del pie de página de la IA.
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El vídeo del momento se ha propagado como la pólvora en la red social X (antiguo Twitter), gracias a la difusión de figuras como el escritor Santi Liébana, quien ha diseccionado el incidente con una precisión quirúrgica: «Diferencia entre perezoso y vago. Perezoso: el que prepara su discurso con el ChatGPT. Vago: el que ni siquiera lo revisa y copia el texto hasta con el comentario final». La distinción no es baladí, pues refleja una preocupante falta de profesionalidad en quienes ostentan la soberanía nacional.
La IA no es el problema, la falta de rigor sí
Este incidente abre un debate necesario sobre el uso de la inteligencia artificial en las instituciones públicas. Si bien herramientas como ChatGPT pueden ser útiles para estructurar ideas o buscar información, su uso como «negro» literario absoluto para evitar el esfuerzo intelectual es un insulto a los ciudadanos. No es la primera vez que vemos cómo la política moderna se rinde ante la vacuidad narrativa, algo que ya hemos analizado al tratar las tácticas de ciertos líderes para ocultar su falta de gestión tras discursos prefabricados.
«Lo más preocupante no es que use la IA, sino que no sepa qué es lo que está defendiendo en la cámara.»
El momento «tierra, trágame» del diputado Solís se une a una creciente lista de despropósitos tecnológicos en la política global. Desde cuentos infantiles generados por IA que levantan polémicas por su falta de alma hasta, ahora, leyes legisladas —o al menos presentadas— por algoritmos. La Asamblea Nacional de Panamá ha quedado marcada por un descuido que muchos definen como «homicidio imprudente» de la decencia parlamentaria, una crítica feroz al desprecio por el detalle.
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Más allá de las risas y los memes, la realidad es que el uso descontrolado de la IA en política puede llevar a la adopción de normativas sesgadas o mal aterrizadas en la realidad local. Si un representante público no es capaz de leer su propia intervención antes de pronunciarla, ¿cómo podemos confiar en que ha analizado las consecuencias de sus propuestas legales? La transparencia algorítmica y el sentido común deberían ser requisitos mínimos para acceder a un escaño.
El diputado Solís aún no ha dado explicaciones convincentes sobre su lapsus, pero su despropósito ya ha quedado grabado en los anales de la infamia parlamentaria. Una lección para todos aquellos profesionales que pretenden ahorrar tiempo a costa de su propia credibilidad. La inteligencia será artificial, pero el ridículo es completamente humano.












