Hay defensas políticas que se hacen con documentos, otras con números y algunas que terminan recurriendo al corazón. Iván Redondo, antiguo jefe de gabinete de Pedro Sánchez y uno de los grandes estrategas del Sanchismo, ha optado por una combinación de las tres, aunque con un protagonista inesperado que amenaza con robarle el foco: Currillo, su perro fallecido.
Preguntado por la polémica compra de su vivienda de la calle Diego de León, en pleno barrio de Salamanca de Madrid, Redondo se ha puesto nostálgico en una entrevista en El Cascabel, de TRECE.
Antes de entrar de lleno en las cifras, el exasesor presidencial ha explicado que, cuando piensa en el piso, no ve una operación inmobiliaria, sino a su mujer, a su hija dando sus primeros pasos y a Currillo, «un perro que nos dio mucho y que falleció».
Una estampa conmovedora. Porque, al parecer, cuando uno escucha hablar de un ático en una de las zonas más cotizadas de Madrid, lo último que debe hacer es sacar la calculadora: lo suyo es recordar al perro, rememorar los primeros pasos de la niña y evocar aquella corbata que le regaló un vecino hace dos décadas. El ladrillo puede esperar; Currillo tiene prioridad en el relato.
De la calculadora al pañuelo
Redondo ha defendido que su vivienda no es para él «un bien de mercado», sino su hogar. También ha contado que, después de más de veinte años de alquiler, recibió una comunicación que, según su versión, planteaba una disyuntiva muy sencilla: comprar o marcharse. Asegura que él y su mujer decidieron hipotecarse y que terminarán de pagar la casa cuando él tenga 74 años.
El problema es que la controversia no gira únicamente alrededor de los sentimientos que despiertan las paredes de una vivienda. Según la información publicada por OKDIARIO, Redondo pagó 1.120.921 euros por un piso de 147 metros cuadrados de la Seguridad Social, unos 7.625 euros por metro cuadrado.
El exasesor ha defendido su operación aportando tasaciones y referencias a otros inmuebles del entorno. Sin embargo, la polémica se centra también en la comparación con una subasta posterior de un ático del mismo edificio, cuyo precio de salida fue de 920.009 euros y que terminó adjudicándose por 1,51 millones. Una diferencia que obliga a distinguir entre el precio inicial de una subasta y el importe final de venta.
Currillo no tiene la culpa
Redondo también ha denunciado lo que considera un atentado contra su intimidad por la difusión de la ubicación de su vivienda y ha hablado de su particular ejercicio de «hablarle al bicho», en referencia a dirigirse a la inteligencia artificial y los algoritmos.
Pero, entre tasaciones, documentos y explicaciones, Currillo ha terminado convertido en el personaje más entrañable de una polémica que tiene poco de sentimental y mucho de inmobiliaria.
Que descanse en paz el bueno de Currillo, que seguramente no pidió protagonizar ninguna tertulia sobre el mercado residencial madrileño.
El perro no tiene ninguna responsabilidad en el precio del piso, en las subastas ni en los expedientes de la Seguridad Social. Bastante tiene con haberse convertido, desde el recuerdo, en el inesperado invitado de una defensa televisiva que pretendía hablar de metros cuadrados y acabó hablando de emociones.
Porque una cosa es que una casa esté llena de recuerdos y otra que los recuerdos sirvan para despejar todas las dudas sobre una operación inmobiliaria. Y en esa diferencia, por ahora, sigue estando el meollo de la polémica.






















