Francia tiene sanidad pública, educación gratuita, una jornada laboral de 35 horas, ayudas sociales, subsidios, regulaciones para casi todo y un Estado dispuesto a intervenir hasta en el último rincón de la economía. Sobre el papel, el sueño de cualquier socialista. En la calle, sin embargo, el paisaje es bastante menos idílico: humo negro, fuego, disturbios y una multitud que parece haber cambiado los libros de matemáticas por las barricadas.
La imagen resulta especialmente llamativa: un hombre con chaleco reflectante enarbola una bandera palestina mientras, a escasos metros, las llamas devoran lo que parece ser un vehículo. Debajo, una multitud de encapuchados y manifestantes con el rostro cubierto levanta los brazos en medio de un ambiente de máxima tensión. Si alguien buscaba una estampa de convivencia pacífica y reivindicación académica, quizá haya entrado en la fotografía equivocada.
La explicación que circula en redes presenta las protestas como una lucha de estudiantes franceses que reclaman más profesores, más matemáticas y más horas de clase.
Ni una pancarta educativa
De ser así, cabría esperar pancartas educativas, libros, calculadoras y alguna que otra tabla de multiplicar. Pero la imagen que acompaña este relato está dominada por una bandera palestina y por manifestantes con el rostro oculto. Una estampa que plantea una pregunta legítima: ¿qué relación guarda todo esto con las necesidades de las aulas francesas?
Conviene distinguir, no obstante, entre lo que muestra la fotografía y lo que no permite demostrar por sí sola: no acredita que todos los presentes sean estudiantes, que los disturbios tengan como causa la inmigración ni que los manifestantes sean mayoritariamente musulmanes o africanos. Para sostener esas afirmaciones harían falta datos contrastados sobre la protesta concreta. La ironía política no necesita convertir las sospechas en hechos.
La Francia progre bajo as barricas de la izquierda radical e islamista
Porque el verdadero contraste está en el modelo que se promete y en la realidad que se observa. Francia reúne buena parte de las políticas que la izquierda presenta como soluciones universales: servicios públicos, protección social, regulación laboral, ayudas estatales y una amplia intervención económica. Y, aun así, el país sigue afrontando tensiones sociales, episodios de violencia y conflictos sobre su modelo de integración.
Parece que el catálogo progresista no incluía una garantía de tranquilidad ciudadana. Ni siquiera con sanidad gratuita, universidad pública y ayudas sociales se puede comprar, por decreto, la convivencia, el respeto a las normas o la ausencia de violencia.
Y aquí llega la pregunta incómoda para quienes consideran que cada problema se resuelve ampliando el gasto público: ¿qué ocurre cuando el Estado promete cada vez más, pero no consigue responder a las expectativas de todos?
A la izquierda le salen mal las cosas en Francia
La izquierda suele presentar más regulación, más prestaciones y más intervención estatal como la receta para casi cualquier mal. Cuando las cosas salen mal, la respuesta suele ser pedir todavía más de lo mismo. Una lógica que recuerda a quien intenta apagar un incendio echándole gasolina y después culpa al extintor por no funcionar.
Francia no demuestra que los servicios públicos sean inútiles ni que todos los manifestantes compartan un mismo origen o ideología. Demuestra algo bastante más elemental: ningún sistema de ayudas, por generoso que sea, sustituye a la autoridad, la responsabilidad individual y el respeto a las reglas de convivencia.
Y si una protesta pretende defender la educación, la pregunta final es inevitable: ¿dónde están los libros, los profesores y las calculadoras en medio de tanta bandera y tanto humo?
Porque para aprender matemáticas hacen falta aulas, docentes y horas de estudio. Para prender fuego a una calle, por desgracia, basta con una cerilla.






















