Saltar el contenido

La cultura de la muerte

Noelia Castillo no ha tenido una muerte digna, ha sido ejecutada por el Estado, el mismo que le falló permitiendo que fuera brutalmente violada en un centro tutelado de menores. Tal vez estas palabras incomoden a algunos lectores, pero estoy cansado de maquillar la realidad y de evitar llamar a las cosas por su nombre.

Todo lo que rodea este caso es repugnante, incluso demoníaco, si me permiten la expresión. Desde el tratamiento que ha recibido en la prensa hasta la frialdad con la que la sociedad ha asumido que una joven de 25 años, con graves problemas psicológicos, pueda poner fin a su vida asistida por un médico que, en su día, juró proteger la de sus pacientes.

“Es su decisión y hay que respetarla.” Ese es el comentario más repetido, el mantra que tratan de incrustarnos —o al menos de intentarlo— para normalizar lo inaceptable, para dar otra vuelta de tuerca a la maquinaria de la cultura de la muerte. Pero esa frase no es más que postureo, una consigna vacía, tan hueca como las almas de quienes permanecen impasibles ante el suicidio de una muchacha que aún tenía toda la vida por delante. Al estilo de Patxi López: “Es legal, lo veo bien.”

¿Y qué ocurriría si, en lugar de Noelia Castillo, fuera un familiar cercano de quienes se declaran tan “respetuosos” con el suicidio?
¿Y si presenciaran a alguien intentando lanzarse desde una cornisa?
¿Le dirían: “tírate, respeto tu decisión”?

Dudo mucho que, en esos casos, los “respetuosos” lo fueran tanto. No sé ustedes, pero no hay juez capaz de arrebatarme a una hija sin que eso me costara la vida.

La cultura de la vida

A una persona joven, por muchos problemas que arrastre, no se le anima a morir: se le anima a vivir. Se le ayuda, se le acompaña, se buscan soluciones, las que sean. Pero nunca —bajo ninguna circunstancia— puede asumirse que la muerte prematura sea la salida. Hacerlo abre un precedente gravísimo: nos deja sin un límite claro para reclamar la eutanasia.

Algunos dirán que es un sistema garantista. ¿De verdad? Seguro que sí —véase la ironía—, tan fiable y desideologizado como cuando un menor de 14 años asegura haber nacido en el cuerpo equivocado y el propio Estado insta a los padres a iniciar un proceso de cambio de género. O tan garantista como lo es con los no nacidos, cuyas vidas se ve truncada incluso antes de ver la luz por decisión de sus gestoras, porque llamar «madre» a quien aborta parece, para muchos, un término excesivo.

Este caso evidencia que vivimos una auténtica guerra de valores y espiritual. Nada importa, todo es relativo, la vida humana carece de valor… salvo cuando se trata de la de quienes llegan ilegalmente en patera. Entonces sí. Pero no se engañen: para la izquierda, la vida de nadie importa realmente. Todo, absolutamente todo, se convierte en negocio, en motivo de lucro o campaña. Lo que no genera rentabilidad, no interesa.

La infamia ha sido tal que apenas unas horas después de la ejecución de Noelia Castillo, el Gobierno de España anunciaba su intención de agilizar los trámites de la eutanasia. Curiosa izquierda, siempre dispuesta a ayudar antes a morir a quienes no quieren vivir que a quienes, estando al borde de la muerte, desean hacerlo con dignidad. Son, en definitiva, los jinetes de la cultura de la muerte.

David Santos

Deja tu respuesta