Han pasado 39 días desde la avalancha a modo de invasión del 30 de julio, cuando miles de inmigrantes cruzaron el Tarajal a la carrera, y la Playa del Trampolín continúa convertida en un asentamiento tercermundista que desafía cualquier intento de control. Lo que comenzó como una zona de emergencia se ha transformado en una barriada improvisada, con casetas, puestos ambulantes y servicios que operan al margen de toda autoridad. La escena, más propia de un suburbio del tercer mundo que de una ciudad europea, refleja el fracaso del Gobierno en recuperar la normalidad.
Un mercado ilegal junto al mar
La playa es hoy un mercado ambulante donde se venden ropa, zapatos, comida, móviles y fundas, y donde incluso se ofrecen cortes de pelo por cuatro euros. Los tenderetes se multiplican entre las chabolas y los refugios de lona, mientras el humo de los fuegos improvisados cubre el aire. Algunos calientan leche directamente en el cartón, ennegrecido por las llamas, que luego sirve de vaso. La insalubridad es visible en cada rincón: basura acumulada, aguas estancadas y restos de comida se mezclan con el olor a humo y humedad.
Una ciudad paralizada por el miedo
Entre los ocupantes hay niños pequeños, algo que antes no se veía. Las familias ceutíes denuncian que las mujeres y niñas tienen miedo de salir a la calle, mientras los inmigrantes celebran fiestas nocturnas en las carpas del puerto. “Ceuta no puede más”, repiten los vecinos, que exigen devoluciones inmediatas y una respuesta firme del Estado. La Delegación del Gobierno y el Ministerio del Interior guardan silencio, mientras el presidente Pedro Sánchez evita pronunciarse sobre una crisis que ha desbordado a las autoridades locales.
Un asentamiento que crece cada día
El Trampolín ya no es una zona de paso: es un espacio con vida propia, con comercio, servicios y construcción. Las casetas se amplían, se levantan nuevas estructuras y se organizan actividades cotidianas como si se tratara de una barriada más. La venta ambulante y la insalubridad se han normalizado, y el asentamiento sigue creciendo sin control.
Ceuta vive una situación inasumible, denuncian los ceutíes y los sindicatos. Mientras el Gobierno central mira hacia otro lado, la ciudad se hunde en un escenario que muchos califican como una vergüenza nacional.






















