Óscar Puente ha elevado el tono de la campaña electoral con un mensaje que vuelve a situar el miedo y la confrontación en el centro de la estrategia socialista. El ministro de Transportes ha instado a los españoles a votar el próximo 29 de noviembre para «parar al fascismo» y ha advertido de que, si PP y VOX llegan al Gobierno, podrían ser necesarios «cuatro años» de protestas en las calles. Una clara amenaza de velada de guerra en las ciudades.
Las declaraciones, realizadas este jueves tras una reunión con el presidente de la Generalidad, Salvador Illa, dibujan un escenario inquietante: el de una izquierda que no solo presenta la victoria de sus adversarios como una catástrofe, sino que anticipa una legislatura marcada por la movilización permanente contra un Gobierno elegido democráticamente.
«Nos evitaremos estar cuatro años de tener que salir a la calle a protestar por las cosas malas que pasarán sin duda si gobiernan», afirmó Puente. El ministro insistió en que «es mejor tener que salir un día que cuatro años» para votar.
El matonismo político como argumento electoral
El mensaje de Puente va mucho más allá de una apelación convencional a la participación. Al presentar un eventual Gobierno de PP y VOX como la antesala de cuatro años de protestas, el ministro alimenta la confrontación y transmite la idea de que la alternancia política traerá inevitablemente un conflicto social prolongado.
La pregunta es inevitable: ¿por qué un Gobierno alternativo, surgido de las urnas, tendría que traducirse necesariamente en movilizaciones durante toda la legislatura? ¿Se trata de una advertencia sobre posibles protestas ciudadanas o de una forma de presionar al electorado mediante el temor a la inestabilidad?
Puente tiene derecho a defender sus posiciones y a criticar a sus adversarios, pero la democracia no consiste en presentar la victoria del contrario como una amenaza que justifique la agitación permanente. Los ciudadanos deben poder elegir entre distintas opciones políticas sin que se les haga sentir responsables de un supuesto caos futuro por votar a una de ellas.
«Parar al fascismo», la consigna de la izquierda
La utilización del término «fascismo» para referirse a sus adversarios vuelve a evidenciar una estrategia de polarización que reduce el debate político a una disyuntiva entre la izquierda y un enemigo al que se atribuyen consecuencias necesariamente negativas.
En lugar de limitarse a defender la gestión del Ejecutivo y exponer sus propuestas, el ministro recurre a un lenguaje de bloques enfrentados y anticipa una legislatura de resistencia callejera si el resultado electoral no favorece a los socialistas.
El discurso recuerda las peores inercias de la política de trincheras: deslegitimar al adversario, alimentar el temor y convertir una victoria electoral del rival en el anuncio de una batalla permanente. No es necesario que exista una amenaza explícita de violencia para que este tipo de retórica resulte preocupante.
Las urnas deben decidir quién gobierna España. Y quien gane tendrá que hacerlo dentro de la Constitución y las leyes, con independencia de que el resultado agrade o no a sus adversarios. Las protestas pacíficas son legítimas, pero no deberían utilizarse como argumento intimidatorio para condicionar el voto.
La democracia exige aceptar la posibilidad de perder. Ya sucedió en tiempos de la República. También exige que quienes ocupan responsabilidades ministeriales midan sus palabras y no alimenten la sospecha de que, si la izquierda abandona el poder, el país quedará condenado a una legislatura de enfrentamiento permanente.





















