Pedro Sánchez ha encontrado la solución a todos los problemas de España. No es un plan económico, ni una reforma de la vivienda, ni una estrategia para reducir la deuda pública. Es algo mucho más poderoso: el amor. El presidente del Gobierno ha pedido el voto para que siga gobernando el «partido del amor», ese PSOE que, según su particular relato, se enfrenta a una derecha incapaz de soportar que el líder socialista bese a Begoña Gómez, baile y sea feliz.
«Que lo escuchen, te quiero», proclamó Sánchez ante los asistentes a un mitin socialista, mientras se fundía en un abrazo romántico con su esposa. Una escena que podría haber firmado cualquier guionista de una comedia sentimental de sobremesa, pero que en plena precampaña electoral adquiere una dimensión política de lo más peculiar.
Porque, al parecer, a Sánchez no le basta con pedir el voto por sus políticas. Ahora quiere que los españoles le voten por su felicidad conyugal. El presidente está enamorado y, por lo visto, quien cuestione su gestión corre el riesgo de convertirse en un aguafiestas del romanticismo presidencial.
Besos para pagar la deuda y abrazos para la vivienda
El problema es que España tiene algunas preocupaciones bastante menos románticas que la felicidad sentimental de La Moncloa.
Los funcionarios esperan sus salarios, los jóvenes siguen sin poder acceder a una vivienda, la deuda pública continúa siendo una pesada losa y los españoles afrontan una presión fiscal que no se paga con declaraciones de amor. Pero Sánchez tiene un plan: la fuerza del amor.
Con semejante receta, el PSOE pretende afrontar las elecciones del 29-N. Besos para reducir la deuda, abrazos para pagar las nóminas públicas, bailes para solucionar la crisis de la vivienda y mucho «te quiero» para que los españoles olviden los problemas cotidianos.
Si el programa económico socialista se resume en una canción de amor, el presupuesto general del Estado podría sustituirse por un álbum de fotografías de Begoña y Pedro. Y si la deuda no baja, siempre quedará la posibilidad de organizar otro mitin con música romántica.
El amor no puede ser un escudo
La escena tiene su punto entrañable. Sánchez tiene todo el derecho del mundo a querer a su mujer, a besarla y a bailar con ella. Faltaría más. Lo que no puede pretender es que ese amor se convierta en un escudo frente a las críticas políticas y judiciales.
Los ciudadanos también tienen derecho a preguntar, a exigir explicaciones y a fiscalizar el poder sin que se les acuse de boicotear el romance más puro de la política española.
Porque detrás del hombre enamorado hay un político que conoce perfectamente el valor de la escenografía y la emoción. Sánchez no llegó a la secretaría general del PSOE por casualidad. Sobrevivió a sus adversarios internos, recuperó el liderazgo contra el aparato de su partido y terminó llegando a La Moncloa mediante una moción de censura.
Después, ha demostrado una extraordinaria capacidad para mantenerse en el poder, negociar con sus socios y reconstruir mayorías que parecían imposibles. Un político que nunca debe ser subestimado, por mucho que sus rivales crean tener la victoria asegurada.
El presidente sabe que la política es también espectáculo, relato y emociones. Y ahora ha decidido que el relato sea el amor.
TelePedro, la Ley de Nietos y la fuerza del corazón
A la receta sentimental se suman otros ingredientes que sus críticos consideran fundamentales para la supervivencia electoral del sanchismo: el papel de RTVE, la conocida como Ley de Nietos y el voto por correo.
Sánchez quiere ganar con la fuerza del amor, pero también con todos los recursos políticos que le permitan prolongar su estancia en La Moncloa.
La ironía es que el mismo presidente que ha hecho de la polarización una herramienta política pretende ahora presentarse como el gran embajador de la concordia. El mismo que ha convertido cada enfrentamiento con sus adversarios en una batalla existencial se presenta como el hombre que solo quiere repartir abrazos.
Cursi y hábil
No se puede ser más cursi. Pero tampoco más hábil. Porque mientras sus rivales se ríen de sus declaraciones, Sánchez sigue haciendo política. Y la historia reciente demuestra que nunca conviene dar por derrotado a un presidente que ha conseguido sobrevivir a tantas crisis.
Eso sí, una cosa es el amor y otra muy distinta el Gobierno de España. Los españoles, algunos, pueden celebrar que Pedro Sánchez esté enamorado. Lo que no tienen por qué hacer es pagar con sus votos la factura de ese romance.



















