¡Última hora: Franco sigue muerto y la ultraderecha aún no ha destruido España! PP y VOX gobiernan desde hace años en ayuntamientos y comunidades autónomas y, contra todo pronóstico de la factoría del miedo de la izquierda, España sigue en pie. Ni han resucitado al Generalísimo, ni han encarcelado a los comunistas, ni han confiscado las pensiones. El gran misterio nacional es qué ha sido de los jinetes del Apocalipsis que Pedro Sánchez lleva años anunciando en campaña electoral.
¡Atención, pensionistas! ¡Escondan las cartillas del banco! ¡Que alguien avise a los abuelos, a los inmigrantes, a los colectivos LGTBI y a todo aquel que no tenga un carné del PP o de VOX! ¡Los fachas vienen! ¡La ultraderecha acecha! ¡El fascismo está a punto de llamar a su puerta!
O eso llevan años repitiendo desde la izquierda española, que parece haber encontrado en el miedo su programa electoral más rentable. Cada vez que se acercan unas elecciones, el mensaje es el mismo: si gobierna la derecha, regresará Franco, desaparecerán los derechos, las pensiones se evaporarán y España se convertirá en una sucursal del averno con Santiago Abascal repartiendo cadenas en la puerta del Congreso.
Hay, sin embargo, un pequeño inconveniente en esta película de terror: los supuestos monstruos ya gobiernan en numerosos ayuntamientos y comunidades autónomas. Y, por lo visto, el Apocalipsis se ha retrasado.
Siete años esperando al demonio y ni rastro de los cuernos
En distintos territorios españoles, el PP y VOX han tenido responsabilidades de gobierno durante años. Y aquí seguimos. El suelo no se ha abierto para tragarse a los republicanos, los comunistas no han sido enviados a campos de reeducación y nadie ha organizado una procesión para quemar ejemplares de la Constitución.
Tampoco se ha producido la anunciada desaparición de los derechos de las personas LGTBI, ni se han suprimido las pensiones por decreto, ni se ha prohibido a los ciudadanos votar a la izquierda. Los anticristos de la dictadura siguen sin aparecer y, por más que algunos tertulianos afinen la ouija, Franco continúa sin presentarse en los consejos de Gobierno.
Dónde están los jinetes del Apocalipsis que anuncia Sánchez
¿Dónde están los jinetes del Apocalipsis? ¿Se han quedado atrapados en un atasco? ¿Están esperando a que la Junta Electoral Central les dé permiso para cabalgar? ¿O quizá el problema es que la realidad se empeña en no obedecer el guion de campaña?
Por supuesto, eso no significa que todos los gobiernos autonómicos o municipales de PP y VOX hayan sido perfectos. Hay políticas discutibles y decisiones que merecen críticas. Precisamente para eso están los ciudadanos, la oposición, los medios de comunicación y las urnas. Lo que resulta difícil de justificar es convertir cualquier alternancia política en una amenaza existencial para la democracia.
El miedo como programa electoral
La estrategia es tan sencilla como eficaz: se presenta a la derecha como una amenaza para los pensionistas, se advierte a los inmigrantes legales de que perderán sus derechos y se agita el fantasma de la ultraderecha ante cualquier colectivo susceptible de sentirse amenazado. Después, el votante debe concluir que, por muy descontento que esté con el Gobierno, cambiar de mayoría sería poco menos que invocar al diablo.
Y así, en lugar de explicar cómo se va a resolver el problema de la vivienda, cómo se mejorarán los salarios o cómo se reducirá la deuda pública, se recurre a una campaña permanente de terror político.
Porque, aparentemente, resulta más sencillo prometer que viene Franco que explicar por qué un joven no puede comprarse una vivienda, por qué las familias llegan con dificultades a fin de mes o por qué los servicios públicos acumulan problemas.
La derecha puede equivocarse, pero no necesita convertirse en una amenaza sobrenatural para merecer el voto. Y la izquierda no se vuelve democrática por llamar fascista a todo adversario que aspire a gobernar.
El «besucón enamorado» y su última película de terror
Pedro Sánchez, que durante la campaña parece dispuesto a combinar el drama político con el melodrama romántico, vuelve a tener ante sí el viejo dilema: convencer a los españoles de que su Gobierno merece continuar o advertirles de que, si no lo hacen, llegarán los bárbaros.
Podríamos bautizarlo como el «besucón enamorado»: un político que apela al amor ( y a “Begoña: Te quiero”) cuando necesita simpatía y al miedo cuando necesita votos. Hoy toca hablar de abrazos; mañana, probablemente, de fascistas a las puertas de la Moncloa.
Pero hay una pregunta que empieza a resultar incómoda para los fabricantes de catástrofes: si PP y VOX ya gobiernan en buena parte del territorio, ¿por qué no se ha cumplido el catálogo entero de desgracias anunciado?





















